viernes, abril 21, 2006

EL MISTICISMO Y LA SANTIDAD EN LUDWIG WITTGENSTEIN
(Primera parte)



Pensar en el sentido de la vida es orar.
Creer en un Dios quiere decir ver que
con los hechos del mundo no basta.
Creer en Dios quiere decir ver que
la vida tiene un sentido.
Ludwig Wittgenstein

INTRODUCCIÓN

El creyente común habla demasiado acerca de su Dios, pero quienes son tocados por la deidad –los místicos– se percatan de que no es posible hacer tal cosa. Ellos aseguran que nuestro lenguaje es insuficiente para exponer o explicar sus experiencias. Los místicos chocan con los límites del lenguaje.

Ludwig Wittgenstein se interesa en los límites. En su “Tractatus Logico-Philosophicus” distingue entre los decible y lo indecible, o mejor, entre lo que se puede decir y lo que se puede mostrar; entre el mundo y lo que queda fuera de él; entre el sentido y el sinsentido.

En palabras de Wittgenstein, “el libro quiere, pues, trazar un límite al pensar o, más bien, no al pensar sino a la expresión de los pensamientos: porque para trazar un límite al pensar tendríamos que poder pensar ambos lados de este límite (tendríamos en suma, que poder pensar lo que no resulta pensable). Así pues, el límite sólo podrá ser trazado en el lenguaje, y lo que reside más allá del límite será simplemente absurdo”.

Wittgenstein manifestaba que ciertas experiencias le hicieron chocar con los límites del lenguaje. ¿Existe alguna conexión entre las aseveraciones de los místicos y las aseveraciones de Wittgenstein? Mostraré dos afirmaciones:

1. Que Wittgenstein era un místico, y que su misticismo está presente en su filosofía (al menos en la filosofía que aparece en el “Tractatus”); y 2. que Wittgenstein buscaría vivir como un santo.

¿A qué me refiero cuando digo que Wittgenstein era un místico? A que se comunicaba con Dios (con su Dios). Pero no se trataba de un monólogo. El filósofo-místico logró un verdadero diálogo: Wittgenstein le hablaba a Dios, y éste le respondía. Dios le comunicó a Wittgenstein cuál era el sentido de la vida, o mejor dicho, Wittgenstein encontró el sentido de su vida en su comunicación con Dios... Esto lleva a la otra afirmación que se mostrará.


DE LAS DIFERENTES MANERAS DE COMUNICARSE CON LA DEIDAD


El campo de William James era la psicología, no la teología ni la antropología. En “Las variedades de la experiencia religiosa” explicaba que para un psicólogo “las tendencias religiosas del hombre deben ser como mínimo tan interesantes como cualquiera de los distintos hechos que forman parte de su estructura mental”.

James estaba interesado en lo que llamaba religión personal, y es que James distingue entre quienes se comunican con la deidad y quienes solamente siguen una religión. La religión como una doctrina que se sigue poco importaba al psicólogo, a quien le interesaba estudiar la religión entendida como “los sentimientos, los actos y las experiencias de hombres particulares en soledad, en la medida en que se ejercitan en mantener una relación con lo que consideran la divinidad (la relación puede ser moral, física o ritual)”. La religión personal, piensa el psicólogo, es experiencia susceptible de estudio científico, pero no de teología.

Una de las posibles relaciones con la deidad es la llamada revelación, sobre la que escribe “los líderes religiosos estuvieron sujetos a experiencias psíquicas anormales. Invariablemente fueron presa de una sensibilidad emocional exaltada; frecuentemente también tuvieron una vida interior desacorde y sufrieron de melancolía durante parte de su ministerio. Con frecuencia entraron en éxtasis, oyeron voces, tuvieron visiones o presentaron todo tipo de peculiaridades clasificadas ordinariamente como patológicas. Más aún, fueron todas estas características patológicas de su vida las que contribuyeron a atribuirles autoridad e influencia religiosa”.

Ver o escuchar a los dioses es, para la mayor parte de los colegas de James, una experiencia psicopatológica intrascendente. Sobre estas actitudes apuntó que “el materialismo médico parece, en realidad, el apelativo adecuado para el sistema de pensamiento demasiado ingenuo que ahora consideramos. El materialismo médico acaba con San Pablo cuando define su visión en el camino de Damasco, como una lesión del córtex occipital, y a él como un epiléptico; con Santa Teresa como una histérica y San Francisco de Asís como un degenerado congénito... Por ello, el materialismo médico piensa que la autoridad espiritual de estos personajes resulta eficazmente socavada...”.

Para James poco importa la constitución neurótica de quienes tienen estas experiencias, el valor de los mensajes es lo importante: “razonabilidad filosófica y ayuda moral son los únicos criterios válidos”. Explica su punto de vista recurriendo a los genios, quienes han sufrido neuropatologías –consideran algunos psicólogos– y no por ello despreciamos su obra. Las “verdades” o las creencias no son válidas o despreciables debido a su origen sino en cuanto a su funcionamiento general. Hemos de estar preparados –remata James– para juzgar la vida religiosa exclusivamente por sus resultados.

Y para ser más convincente, o para dejar más clara su opinión, cita al doctor H. M. Maudsley: “¿Qué derecho tenemos para suponer que la naturaleza tiene la obligación de hacer su trabajo a través de mentes perfectas? Podemos suponer que una mente defectuosa es un instrumento más adecuado para un propósito particular, ya que es el trabajo hecho y la calidad del trabajador que lo hace lo que tiene importancia, y no tendría ninguna, desde el punto de vista cósmico, que fuera particularmente imperfecta en otros aspectos de su carácter, aunque fuese, por ejemplo, hipócrita, adúltero, excéntrico o lunático”.

Una vez que deja claro que no rechaza los mensajes místicos por su origen, se pregunta cuál es ese origen, es decir, cuál es la génesis del “sentimiento religioso”. Dice James: “Alguien lo relaciona con el sentimiento de dependencia, otros lo convierten en derivado del miedo, otros lo enlazan con la vida sexual, otros lo identifican con el sentimiento de infinitud, y así sucesivamente”. Para James, la religión personal “tiene la raíz y el centro en los estados de conciencia místicos”.

Pero, ¿qué es un estado místico? Para James son cuatro las características que tiene un “estado místico”:

1. Inefabilidad. Se refiere a lo difícil o imposible de hablar de ella. “El sujeto del mismo afirma inmediatamente que desafía la expresión, que no puede darse en palabras ninguna información adecuada que explique su contenido. De esto se sigue que su cualidad ha de experimentarse directamente, que no puede comunicarse ni transferirse a los demás... El místico considera que la mayoría de nosotros damos un tratamiento asimismo incorrecto a sus experiencias”.

2. Cualidad de conocimiento. “Son estados de penetración en la verdad insondables para el intelecto discursivo. Son iluminaciones, revelaciones repletas de sentido e importancia, todas inarticuladas pero que permanecen y como norma general comportan una curiosa sensación de autoridad duradera”.

3. Transitoriedad. “No pueden mantenerse durante mucho tiempo”. James habla de unos minutos, no más de 120.

4. Pasividad. James dice que puede llegarse a esos estados mediante ejercicios de concentración, pero una vez alcanzado cierto punto, la voluntad del místico se somete “como si un poder superior lo arrastrase y dominase”.

Después de enumerar estas características, habla sobre las diferentes sustancias que pueden producir estados similares (como el alcohol y el óxido nitroso). Acerca del alcohol menciona que su influencia “sobre la humanidad se debe, sin duda, a su poder de estimular las facultades místicas de la naturaleza humana, normalmente aplastada por los fríos hechos y la crítica seca de las horas sobrias. La sobriedad disminuye, discrimina y dice no; la borrachera expansiona, integra y dice sí. Es de hecho la gran estimuladora de la función del SÍ en el hombre”.

James no era sólo un teórico. También experimentó estados místicos gracias al uso de sustancias. Sobre ello apuntó: “Siento que ha de significar algo, algo parecido a la filosofía hegeliana, si pudiera expresarse con claridad. Quienes tengan oídos para escuchar que escuchen...”. James supone que la concepción que de Dios tenía Hegel se debía también a “humores místicos”.

¿Qué sucede durante un estado místico (ya sea espontáneo o provocado gracias a la meditación o a alguna sustancia)? La respuesta de William James es que “nuestra conciencia despierta, normal, la que llamamos racional, sólo es un tipo particular de conciencia, mientras que por encima de ella, separada por una pantalla transparente, existen formas potenciales de conciencia completamente diferentes. Podemos pasar por la vida sin sospechar de su existencia, pero si aplicamos el estímulo requerido, con un simple toque, aparecen en toda su plenitud tipos de mentalidad determinados que probablemente tienen en algún lugar su campo de aplicación y de adaptación. Ninguna explicación del universo en su totalidad puede ser definitiva si descuida otras formas de conciencia”.

Pero ¿es verdad esto? ¿Es verdad que una experiencia mística expande la conciencia? ¿Que podemos activar otras formas de conciencia mediante el uso de ciertas sustancias? Contestar estas preguntas o especular sobre esto no es el objetivo de este trabajo.

Los mismos místicos tratan de diferenciar su experiencia de un estado alucinatorio. Santa Teresa escribe que “una genuina visión celestial produce un conjunto de inefable riqueza espiritual y una renovación admirable de la fuerza corporal. He alegado estas razones a aquellos que frecuentemente han acusado mis visiones de ser el trabajo del enemigo del hombre y la diversión de mi imaginación...”.

Para James estas experiencias provienen de Dios. Pero hacernos preguntas acerca de Él no tiene importancia, “es irrelevante”. “No es a Dios a quien encontramos en el análisis último del fin de la religión, sino la vida, mayor cantidad de vida, una vida más larga, más rica, más satisfactoria. El amor a la vida, en cualquiera y en cada uno de sus niveles de desarrollo, es el impulso religioso”. James propone que hay “otros mundos” y que podemos percibirlos mediante “la continuación subconsciente de nuestra vida consciente”.

Sobre el dios de los místicos dice: “El objeto del culto trascendentalista no es una deidad in concreto, ni siquiera una persona sobrehumana, sino la divinidad inmanente de las cosas, la estructura esencialmente espiritual del universo”. Más adelante afirma: “debemos interpretar el término divinidad en muy amplio sentido, denotando cualquier objeto que posea cualidades divinas, se trate de una deidad concreta o no (…) La divinidad, para nosotros, significará aquella realidad primaria a la que el individuo se siente impulsado a responder solemne y gravemente, y no con un juramento o una broma”.

Wittgenstein se sentía atraído por este tipo de experiencias. Sobre “Las variedades de la experiencia religiosa” le escribió a Bertrand Russell (22 de junio de 1912): “Este libro de James está haciéndome mucho bien, con lo cual no quiero decir que pronto vaya yo a convertirme en un santo, sino que en cierto modo estoy seguro de que va a llevarme un poco más adelante en el camino del perfeccionamiento, un camino en el que aún me gustaría avanzar mucho más”.

¿A qué se refería con aquello de avanzar mucho más en este camino? ¿Por qué comentaba que estaba haciéndole mucho bien? “Los que firman con una cruz” es una obra de teatro a la que asistió Wittgenstein a los 21 años. El escritor Ludwig Anzengruber deseaba educar a las masas mediante sus obras, y muchas de ellas criticaban a la Iglesia. El protagonista de “Los que firman con una cruz” es un personaje llamado “Juan el picapedrero”, un filósofo, un hereje. Éste es abandonado por sus vecinos durante una enfermedad y entonces recibe una revelación: “Tú formas parte del todo, y el todo forma parte de ti. ¡No puede ocurrirte nada!”. Wittgenstein participó de esta revelación, y sería incorrecto pensar que se trató de una experiencia poco importante: “Ella me empujó a chocar con los límites del lenguaje, de igual modo que ha llevado a chocar con ellos, según creo, a todas aquellas personas que alguna vez han intentado hablar o escribir sobre ética o religión. Este chocar con los límites de nuestra jaula es una empresa que no tiene ningún porvenir”.

Se trata de una experiencia mística. James había explicado que en este tipo de experiencias “el sujeto del mismo afirma inmediatamente que desafía la expresión, que no puede darse en palabras ninguna información adecuada que explique su contenido. De esto se sigue que su cualidad ha de experimentarse directamente, que no puede comunicarse ni transferirse a los demás”, y es esto precisamente lo que dice Wittgenstein de su vivencia.

Sobre la trascendencia de esta revelación, Wilhelm Baum, en su introducción a los “Diarios Secretos” escribe: “El joven estudiante superó gracias a esta vivencia la crisis que lo había llevado al borde del suicidio. Lo hizo madurar y adoptar una actitud tal, que los millones de su padre le resultaban indiferentes. A partir de ese momento apenas le interesarían las cosas del mundo; había nacido el filósofo”.

Incluso Bertrand Russell se percató del misticismo en Wittgenstein: “En la época anterior a 1914 se ocupaba casi exclusivamente de la lógica. Durante la Primera Guerra, o quizá inmediatamente antes, cambió su perspectiva y se convirtió más o menos en un místico como puede apreciarse aquí y allí en el ‘Tractatus...’. Ya había notado yo en su libro cierto asomo de misticismo, pero me quedé asombrado al comprobar que se había convertido por completo en un místico”.

3 comentarios:

c dijo...

Interesante. ¿Cuál es el libro de James que citas?

Saludos

Martín Fragoso dijo...

Pondré todas mis referencias en la tercera parte (la última). El libro es Las variedades de la experiencia religiosa.

Saludos.

Anónimo dijo...
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