viernes, enero 01, 2010

Renunciando a la divinidad

En el metro Pino Suárez se está presentando la exposición "La opción y el destino" de Gustavo Garnica Jaliffe. En uno de sus cuadros se puede ver a un ángel que renuncia a la eternidad.


Divinidad que cansa.

Eternidad que causa hastío.

¿Qué perversa filosofía envenenó su corazón? ¿En qué momento se nubló su entendimiento? ¿Qué le llevó a renunciar a la vida eterna?

Hambre infinita de conocer la diferencia entre el bien y el mal.

Fue con ese deseo, con ese anhelo, que el ángel de coloridas alas se acercó al árbol del conocimiento; tomó uno de sus frutos y sin dudarlo comenzó a degustarlo.

El efecto fue inmediato.

Sus ojos se abrieron.

Nuevos pensamientos hicieron acto de aparición. Ideas que jamás se le habían ocurrido.

Y fue feliz.

Feliz a pesar del dolor corporal.

Sus alas comenzaron a agitarse violentamente. Comenzó a elevarse a una velocidad vertiginosa.

Segundos después, la piel de aquella criatura se volvió transparente, dejando ver –para horror de quienes presenciaban tan terrible escena- un esqueleto.

Algo nuevo. Algo nunca antes visto.

¿Quién había observado un ángel con huesos?

Y por si había alguna duda acerca del significado de aquella transformación, lo que sucedió a continuación lo aclaró todo: se desprendieron las plumas de colores que conformaban sus alas.

Comenzó a caer dirigiéndose a la Tierra. Ya no como un ángel sino como un hombre.

¿Aquella metamorfosis era el castigo por haber probado el dulce fruto que da sabiduría?

No. No se trataba de un castigo. Tampoco de un tormento.

A pesar de su caída, no había angustia en su rostro. La irresponsable criatura -todos lo pudieron atestiguar- mostraba una gran satisfacción.

Sí, había perdido sus alas, su divinidad, la vida eterna...

Pero la experiencia, lejos de hacerle desdichado, le causó indescriptible gozo.

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