miércoles, diciembre 21, 2005

Aunque muchos puedan dudarlo, he sido tocado por el espíritu de la navidad; y para demostrarlo presento mi regalo para quienes leen este blog: un cuento que nos muestra toda la ternura, el amor y la bondad del niño Jesús.



MI MEJOR AMIGO


A Miguelito siempre le habían dicho que el niño Jesús quería ser su mejor amigo.

“Lo único que tienes que hacer es acercarte a él” le decía su mamá, Miguelito sabía perfectamente que eso significaba ir a misa todos los domingos, algo que odiaba. Otra cosa que odiaba era que siempre que hacía algo malo le reiteraban que Jesús nunca haría eso. Por eso empezaba a aborrecer a ese tal niño Jesús. “¿Quién quiere ser amigo de un niño que no diría una grosería si la maestra lo dejara sin recreo o que nunca le vería los calzones a las niñas? ¡Qué niño tan aburrido!” argumentaba Miguel Ángel.

¿Cuándo comenzó a pensar seriamente en la amistad de ese chamaco soporífero?

En la escuela reñía cada vez con más frecuencia con quienes eran sus amigos. Estaba hasta el gorro de que no jugaran a lo que él decía, de que no le dejaran hacer trampa, de que no le prestaran sus juguetes...

Carlos se había convertido en su mejor amigo. Sobre todo porque era fácil manipularlo. Siempre encontraba la manera de que le regalara su almuerzo, de que lo dejara ganar en el fútbol y de que le regalara sus mejores juguetes. A Silvia no le gustaba nada esa situación y un día le prohibió a Miguel acercarse a su pequeño e indefenso Carlitos.

Miguel necesitaba encontrar un verdadero cuate, lo cual significaba encontrar a alguien que se dejara tratar como un trapo. Y la culpa de todo la tenían sus papás, siendo hijo único le habían cumplido todos sus caprichos; sus deseos eran órdenes.

A Miguel no le interesaba lo que pensaran o sintieran los demás, él era el único que importaba. Pronto se fue quedando solo y por supuesto no pediría perdón ni aceptaría convertirse en actor secundario.

* * *

“Mamita, quiero ser amigo del niño Jesús” anunció el pequeño.

“Doña gruñona” se puso feliz al escuchar tal cosa, pues la navidad ya se acercaba y sabía que al niño nunca le había gustado celebrar esa fecha.

Y es que el chaval odiaba el hecho de que cualquier crío tuviera una mejor fiesta de cumpleaños que él. Detestaba la idea de que toda la gente celebrara el nacimiento del niño Jesús. ¡Verdaderamente insoportable!

* * *

El 25 de diciembre, a primera hora, Miguelito se levantó ilusionado, ¿le habría traído Santa Claus lo que con tanta ilusión había pedido? Cierto que no se había portado nada bien, pero también era cierto que todos los años le traían juguetes a pesar de su mal comportamiento.

Salió de su cama a toda velocidad para ir a revisar los paquetes bajo el árbol... al llegar casi se va de espaldas, sus ojos se abrieron como un par de platos ante el espectáculo del que era testigo.

Un niño más pequeño que él se le había adelantado.

Aquel extraño ya había abierto los paquetes y se divertía con los juguetes que no le correspondían.

-¡Deja eso!
-¡Vete al diablo, Miguel!
-¿?
-Quita esa cara de bobo, si es que puedes.
-¿Qué dijiste?
-¡Vaya con este tipo!, además de tonto, sordo.

En ese momento Miguelito le arrebató el auto a control remoto y estaba a punto de golpear con éste al intruso en la cabeza cuando entró Miguel padre.

-Que bueno que ya se conocieron, espero que estés feliz Miguelito.
-¿?

El papá de Miguel Ángel puso en sus hombros al desconocido al tiempo que decía:

-Deseo que se lleven bien, nos costó mucho trabajo convencer a la mamá del niño Jesús para que lo dejara vivir con nosotros... pero le aseguramos que estabas ansioso por convertirlo en tu mejor amigo.

Y mientras aquel hombre decía esto, el niño Jesús le sacaba la lengua a Miguelín.

* * *

-Así que ahora soy dueño de este cuarto. -Dijo fanfarronamente el pequeño niño dios al tiempo que inspeccionaba con la vista aquella habitación llena de juguetes.
-Ni se te ocurra. -Contestó Miguel, más con cara de susto que de amenaza.
-Pues te guste o no, ahora soy el consentido, el dueño de este cuarto y de todo lo que hay en él.
-Estás como operado del cerebro si crees que voy a permitir que me despojes de mis cosas.
-¿Y cómo lo vas a impedir, cara de tonto? Y ya lo sabes, todo lo que hay en este cuarto es mío, así que ni pienses en tomar algo sin mi permiso. Ahora lárgate.

Miguelito no daba crédito a lo que escuchaba, ¿él era el niño modelo?, ¿era ese mocoso impertinente el ejemplo a seguir? La verdad es que todos estaban equivocados, el chavalillo estaba muy lejos de ser el ingenuo, cándido e iluso que le habían hecho creer. Sólo era cuestión de tiempo, en cuanto sus papás se dieran cuenta de que habían invitado a vivir con ellos a un monstruo lo pondrían de patitas en la calle. Pronto se daría cuenta de que el iluso era él. Conforme los días pasaran la guerra se volvería más intensa y Miguelito tenía todas las de perder.

* * *

Jesús no tuvo que hacer demasiado esfuerzo por ganarse la confianza y credibilidad de los padres de Miguel, pues desde antes de llegar ya contaba con ellas, creían ciegamente en la bondad de ese chapucero. Miguel no deseaba pensar en resignarse pero tampoco se le ocurría algo para desenmascararlo. Estaba convirtiéndose en algo verdaderamente insoportable tener que aguantar en silencio la hipocresía de Jesús, su vocecita melosa y su tonito ñoño eran algo patético.

-Tengo a tus padres comiendo de mi mano, creen ciegamente en lo que les digo; entre tu palabra y la mía, prefieren la mía.
-¡¡No es verdad!! -El tono con el que dijo aquello podría hacer pensar a cualquiera que Miguel creía en lo que decía, nada más lejos de la realidad; el pobre niño trataba de convencerse a él mismo.
-Ya veremos en los próximos días quién tiene la razón -remató con mirada perversa Jesús- si estás tan seguro de lo que dices no tienes nada que temer.

Aquellas palabras hicieron que a Miguel se le hiciera un nudo en el estómago, que las piernas le empezaran a temblar y las manos a sudar.

* * *

-¿Qué haces aquí, mi amor? -Preguntó preocupada Doña Gruñona cuando semanas más tarde descubrió a primera hora de la mañana a Miguel Ángel durmiendo en el sillón de la sala.
-Miguel es muy buen niño, señora -en ese momento entraba a la sala el pequeño Cristo-: me permitió dormir solo en el cuarto para que estuviera más cómodo, yo le insistí en que no era necesario pero no quiso escucharme.
-¡No es cierto! -Miguelito se incorporó rápidamente al escuchar aquella patraña y parado sobre el sofá gritó: Esa es una mentira, un embuste, él no me permitió entrar a dormir a MI cuarto, se lo apropió, me dijo que ahora era suyo y que me fuera buscando otro lugar para pasar la noche... además amenazó con pegarme si lo acusaba con ustedes.
-¡Esto es el colmo! -Dijo la señora con tal furia que Miguel ya podía imaginar la tunda que le daría a ese tal niño Jesús, con eso aprendería a no molestarlo y se daría cuenta de quién era realmente el consentido, el rey de la casa. Lástima que el golpe fue para Miguel, fue una bofetada terrible, realmente dolorosa, física y moralmente. Era la primera pero no la última que recibiría por culpa de su rival.
-No vuelvas a levantar falsos, jamás vuelvas a mentir de esa manera, qué diría la Virgen María si escuchara la manera tan grosera como te expresaste de su retoño; debería darte vergüenza, mira lo que has provocado, hiciste llorar al niño Jesús. En este momento vamos a que te laves la boca con jabón...

Doña gruñona tomó de la mano a Miguelito y lo llevó casi arrastrando hasta el baño.

Más confusión que rabia sentía el niño y, antes de llegar al baño, observó como el “niñito más bueno del mundo” le hacía una seña obscena con la mano.

* * *

Si lo anterior no bastara para demostrar que el niño Jesús era realmente un bribón de lo peor, lo que a continuación narraremos lo dejará más que confirmado.

Un buen día, o mejor dicho, un mal día comían Miguel, su madre y el enredador -suponemos que queda claro que aplicamos tal calificativo al niño Jesús- cuando de pronto lanzó el niño dios una mirada que de inmediato perturbó en gran manera al otro niño, es decir, al niño que estaba a punto de convertirse nuevamente en víctima. No hacían falta palabras, se podían adivinar los pensamientos que pasaban por la mente del pequeño verdugo: “Ahora te demostrare quién tiene realmente el control de la situación, observa la terrible verdad: tus padres me creen un santo y hagas lo que hagas te perderán la confianza”.

Miguelito hubiera querido correr a esconderse en las faldas de su madre y escuchar que siempre lo protegería de cualquier peligro, que jamás dudaría de él.

En un momento en que Doña gruñona se levantó para ir a la cocina, Jesús tomó con la mano un poco del puré que tenía en su plato, Miguel miraba absorto aquellos movimientos: sonrió el desalmado y se embarró aquella papilla en la cabeza. ¿Para qué demonios hacía aquello? se preguntaba Miguel y la respuesta llegó casi de inmediato, en cuanto Jesús escuchó los pasos de Doña Gruñona, gritó lastimeramente: “No hagas eso, Miguel: ¿por qué me arrojas de tu puré?”

-¿Qué te sucede Miguel? ¿No has aprendido la lección? ¿Quieres que otra vez te castiguemos?

Miguel ni siquiera respondió, un sentimiento de impotencia se iba apoderando de él poco a poco.

La operación se repitió hasta tres veces; cansada de que Miguel no pareciera entender lo que se le decía, la cegada señora le dio un manotazo seguido de un jalón de orejas y lo castigó dejándolo sin postre.

Lo que más le preocupaba era que por su expresión, Jesús le informaba que no pararía ahí la cosa.

-Mamá... -balbuceó Miguel sin saber que decir a continuación.

Doña Gruñona se levantó para ir de nueva cuenta a la cocina, esta vez para llevar los platos sucios y traer el postre del que por culpa del terrible enemigo no disfrutaría; Miguel quiso jugarse la única carta que tenía.

-Mamá, no te molestes; yo llevo los platos y traigo el postre. Quiero enmendar mi error.
-No, yo lo hago; y espero que en verdad estés arrepentido.

Miguel Ángel observó a su madre alejarse y si sus piernas se lo hubieran permitido hubiese salido corriendo.

-Observa esto, taradín... -Jesús estiró la mano hacia el tazón en el que se encontraba el puré sobrante, tomó la cuchara con la que lo habían servido y apuntó hacia Doña Gruñona.

“¡Cuidado!” quiso gritar Miguel pero era demasiado tarde, la perversa catapulta había hecho su trabajo y la papilla bañaba por la espalda a la ahora enfurecida señora.

Doña Gruñona lanzó una mirada acusadora a Miguel, se aproximó a él gritando; pero Miguel no escuchaba nada, no podía, únicamente veía aterrado a su madre, veía aquellos ojos tan llenos de rabia que sabía lo que le esperaba.

* * *

-Es horrible el comportamiento de Miguel Ángel, desde que llegó Jesús no ha hecho otra cosa que tratar de culparlo de todo... pienso que lo mejor que podemos hacer es regresar a Jesús a donde pertenece, debemos regresarlo a la Virgen María.

Música para sus pequeños oídos. Miguel estaba feliz, no podía creer lo que escuchaba escondido bajo la mesa, el intruso se iría y volvería a ser el rey de la casa.

-No, mujer; no recurramos al camino fácil, recuerda que ancho y espacioso es el camino que conduce a la perdición. Nuestro hijo debe aprender a ser un niño bueno, debe aprender a respetar a nuestro pequeño invitado; nunca le hemos pegado en serio pero... la próxima vez que se atreva a mentir o a molestar a Jesús...

La alegría duró poco, no sólo no se iba el arrimado sino que las cosas se ponían más difíciles.

* * *

Ni un solo punto ganó en la batalla Miguel Ángel, y lo peor es que llegaba ya a su fin.

GAME OVER. Lástima que no fuera como en las maquinitas que uno puede volver a echar una moneda para seguir intentando ganar, y aunque de momento no se logre, sí se gana experiencia y se van mejorando las técnicas de combate.

Pero en la vida hay batallas en las que se participa una sola vez y, si se pierde no queda más remedio que lamentarse por siempre; y para desgracia de Miguel, ya a su corta edad experimentaba el amargo sabor de la derrota en una batalla importante: la confianza y el respeto de los padres, y la confianza y el respeto por uno mismo.

“Un poco más, necesito un poco más de tiempo” imploraba Miguelito, pero ¿a quién?, no podía pedírselo a Dios, la idea ya le había pasado por la mente; pero cómo podría Dios ayudarle a ganar la guerra contra su hijo, su primogénito, por ello consideró inútil aquel pensamiento.

Tal vez debió meditarlo un poco más, ya Dios había desamparado al Hijo del Hombre en una ocasión (recordar si no aquellas terrible palabras: Dios, Dios, ¿por qué me abandonas?), las razones de Miguel eran justas y de vez en cuando también lo son las acciones del Todopoderoso.

El capítulo final de tan terrible y cruenta cruzada la escribió el villano de la historia, hubiéramos deseado que no fuera así. Mucho nos hubiera regocijado que Miguel desenmascarara al charlatán y que el Señor le diera una buena tunda para que se le quitara lo hipócrita y mala leche; y que Miguelito hubiera aprendido a no ser tan egoísta y viviera feliz lo que le restaba de infancia, que por otro lado, no era poco. Pero ésta no es una historia inventada, es de la vida real y como tal, hay ocasiones en que los protagonistas de los acontecimientos triunfan y veces en las que pierden miserablemente.

* * *

La madre de Miguel lloraba amargamente porque sabía que reformar a su hijo era una causa perdida. Miguel padre, por su parte, se paseaba de un lado a otro de la habitación y aunque no lloraba, ganas no le faltaban, pero no era el momento de que la cabeza de la familia se dejara caer, no podía darse el lujo de ser débil.

-¡Dios, dame una señal, una sola señal sobre lo que debo hacer! -Y aunque llorar es síntoma de espíritu débil, no lo es el pedir al Señor una ayudadita en los pesares de la vida, por ello es que Miguel padre gritó al Creador.

Miguel hijo, escondido debajo de la cama, escuchó aquel grito. Por eso es que sabía que la batalla terminaba, sus padres se habían encerrado en la biblioteca desde hacia varias horas a discutir sobre lo que harían. No había visto al niño Jesús desde la mañana y eso le preocupaba, deseaba pensar que el enemigo había dejado de existir o en el peor de los casos tenerlo frente a frente para saber cuál sería su último movimiento; ya era demasiado tarde para imaginar siquiera que sería posible responder a la última embestida, pero si vivir en el suspenso es insoportable hasta para el hombre que presume de tener nervios de acero, imaginemos lo que significa soportar esas circunstancias para un niño. ¿Qué planeaba el terrible mocoso?

-¡Sólo una señal, Dios! -Repitió Miguel padre y Jesús, que no había utilizado hasta entonces los poderes sobrenaturales de los que goza, convencido de que no era necesario hacerlo, pues con su inteligencia bastaba, decidió que el momento de hacerlo había llegado.

“¿Quieren una señal divina? ¿Quieren escuchar a Dios?, pues tendrán la señal y escucharan la voz de mi padre” Pensó el pequeño pillo. Jamás había osado usurpar el papel de su padre, sabía que eso era una falta grave, pero seguramente ni se daría cuenta con tantas ocupaciones y si lo llegaba a ver no le reprocharía el atrevimiento. Cuando se es el príncipe del universo no hay posibles prohibiciones. Y esta es la razón por la que el niño Jesús era tan pedante y ególatra, el Señor jamás había aplicado los consejos de la Biblia para educar a su primogénito, convencido de que la Biblia era realmente un libro inútil, producto de un lapsus de los tan comunes en Él. Jamás había recibido de su parte una nalgada para corregirlo y estaba tan consentido que sus caprichos eran órdenes. Irónicamente, Jesús, el niño más mimado, desobediente, impertinente y respondón, estaba a punto de hacer que Miguel recibiera la tunda más grande de su corta vida en castigo por su supuesta desobediencia. No lo malo sino lo peor del caso es que su macabra broma estaba a punto de salírsele de las manos, estaba a punto de engendrar un monstruo.

-¡Miguel!
-¿Quién me habla?
-El Dios de tu bisabuelo y de tu abuelo y de tu padre.
-Señor, discúlpanos por no haberle dado a tu hijo el trato que se merecía...

La Madre de Miguel dejó a un lado el llanto y se incorporó de inmediato para interceder por su primogénito:

-¡Disculpa a nuestro hijo, no sabe lo que hace!
-¡¡Callad!! Les diré lo que tienen que hacer y si cumplen mis mandatos Miguel Ángel podrá salvarse del infierno... -Para ese momento Jesús estaba a punto de carcajearse al ver las caras de aquellos crédulos que ignoraban que tal lugar no existe, que se trata únicamente de un mal entendido.
-¡Haremos lo que pidas!
-Bien, pero si no cumplen al pie de la letra se condenará eternamente y sus sufrimientos no tendrán fin... Su hijo es rebelde y al rebelde se le dará el castigo adecuado.
-Obedeceremos, Señor.
-Pero ten piedad de nuestro hijo.
-¡Silencio! ¿Acaso le dirán a su Dios lo que debe o no debe hacer?...

Una Biblia resplandeciente apareció en medio de la habitación, ante la vista de los preocupados padres.

-¡Tomad el libro!

En cuanto La Palabra se posó en las manos femeninas, con gran brusquedad una fuerza invisible comenzó a hojear el libro.

-¡Obedecerán sin rechistar! Lean los párrafos señalados.

El que detiene el castigo, a su hijo aborrece: más el que lo ama, madruga a castigarlo.
No rehúses la corrección del muchacho: porque si lo hieres con vara no morirá. Tu lo herirás con vara, y librarás su alma del infierno.
La vara y la corrección dan sabiduría: más el muchacho consentido avergonzará a su madre.

Jesús dudó por un momento pero al final les hizo leer la parte más cruel, es aquí donde su broma se le salió de las manos; y es que difícilmente puede un niño tan pequeño y mimado medir las consecuencias de sus acciones.

Y si alguno tuviere algún hijo contumaz y rebelde, que no obedece a la voz de su padre ni a la voz de su madre, y habiéndolo castigado, no les obedeciere; Entonces tomarlo han su padre y su madre, y lo sacaran a los ancianos de su ciudad: Este nuestro hijo es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz. Entonces todos los hombres de la ciudad lo apedrearán con piedras, y MORIRÁ: así quitaras el mal de en medio de ti y todo Israel oirá, y temerá.

Los ojos de aquellos padres estuvieron a punto de salírseles de sus órbitas, la Biblia cayó al suelo y pronto comenzaron las quejas, que sin ningún reparo fueron sofocadas por quien se hacía pasar por Dios.

-¡Dejen sus lamentos! Si lo hacen salvarán del infierno a su hijo, de lo contrario sus lamentos sarán escuchados por siempre. Haced como Abraham, nunca dudó en obedecer cuando mi padre le pidió en... digo, cuando le pedí en sacrificio al joven Isaac. ¡Cumplid mis órdenes!

Rió, realmente rió con ganas una vez que desapareció de la vista de los padres de Miguel; deseaba ver hasta donde llegaban esos dos. Aunque hay que decir, en honor a la verdad, que no tenía en mente que cumplieran con la última parte, sólo deseaba que Miguel recibiera una lluvia de varazos.

Jesús apareció en el cuarto de Miguelito.

-Creyeron que era Dios, me creyeron, tal vez ya llegó el momento de sustituir a mi padre, después de todo es viejo. –Le informó a Miguelito la pequeña deidad.
-¿Te hiciste pasar por Dios?
-Sí, tus padres creyeron que mi padre les ordenaba darte una buena paliza para salvarte del infierno. ¡La que te espera, bobo!

El niño no pudo contener su rabia y se le fue encima al usurpador.

-Confiesa todo o yo te daré una paliza peor de la que reciba. -Le exigió Miguelito al malvado huésped.
-¿Insistes en retarme? Eres más torpe de lo que pensé.

Y cuando Miguel comenzó a estrellar contra la pared a Jesús, entraron los padres del primero.

-¡Pero es que no entiendes, ¿verdad?! -comentaron los adultos con severidad.
-Nuestro hijo realmente se irá al infierno si no hacemos lo que Dios nos ha ordenado. –Comentó con auténtica preocupación doña gruñona.
-Mamá, papá... Dios no habló con ustedes, fue este niño tarado, él fue quien les dijo que me pegaran; es malo y mentiroso, el que merece la paliza es él. ¡Péguenle a él!
-¡Basta! -gritó su padre, y el grito fue acompañado de un golpe que hizo sangrar la nariz de Miguelito. Y mientras la nariz de Miguelito sangraba, el niño Jesús comenzó a llorar.
-¿Por qué no me quieres, Miguel? ¿Por qué siempre me acusas de cosas que tú haces? ¿Por qué todas las noches me golpeas la espalda si yo únicamente quiero ser tu mejor amigo?
-¡MENTIROSO!

La madre de Miguel, asustada levantó la camisa del niño Jesús para ver su espalda. Para sorpresa de los adultos la espalda del niño divino estaba llena de moretones.

-¡Esto es el colmo! -Gritó la madre de Miguel, lo tomó fuertemente de la mano y lo llevó casi arrastrando hasta la biblioteca, Miguel padre los siguió y cuando los tres estuvieron dentro cerraron la puerta dispuestos a obedecer La Palabra hasta sus últimas consecuencias.

Miguel ya no intentó explicarse, nada podía hacer contra aquel impostor que había armado tan bien las cosas.

Jesús se carcajeó al imaginar los varazos que le darían al niño idiota. Pensaba asomarse más tarde para ver cómo iban las cosas, deseaba burlarse de Miguel cuando la paliza terminara... No podría cumplir su deseo.

Demasiado tarde fue cuando vio que aquel par cumplía TODO sin rechistar, no porque no amaran a su hijo, al contrario. “Con esto lo libramos del infierno”, pensaron.

Hizo lo mejor que podía hacer; no quiso escuchar los lamentos ni ver más el cuerpo sin vida de Miguel, aunque la imagen de éste lo seguiría por mucho tiempo.

***

Jesús ya no quiso saber nada de la tragedia que había provocado. Nunca se enteraría de lo sucedido en aquella casa, en aquel lugar que había dejado de ser un hogar por su culpa.

En el cielo nadie se enteró de lo acontecido (al menos nadie abrió la boca para informarlo).

El Príncipe del Universo no gusta de pensar mucho en el asunto, trata de olvidar todo sin lograrlo y tiene terribles pesadillas; pero ni siquiera eso logró que dejara sus actitudes pedantes.

Árbol que crece torcido...

En la Tierra, sobre todo en vísperas de Navidad, millones de padres -ignorantes de todo lo acontecido a Miguel Ángel y a su familia- invitan a sus hijos a buscar a Dios y a su primogénito. Les exhortan a convertir al niño Jesús en su mejor amigo.

1 comentario:

control_zape dijo...

juar! buen cuento navideño