lunes, noviembre 14, 2005

MENSAJEROS DEL ENGAÑO
(Primera parte)




Los hombres, esos insectos, habían tenido la osadía de evolucionar,
de aprender a pensar y aquello era algo que molestaba
profundamente a los dioses.
Habría que reducirlos mediante el látigo, el miedo y la oración...
se empezaría por el camino de la religión:
“En el nombre de Dios, el compasivo, el misericordioso...”
El enviado, Héctor Chavarría.



No sabía bien a bien si lo que le perseguía era buena o mala suerte.

Muchos sacerdotes tienen durante toda su vida una fe inamovible, a otros la duda les ronda la cabeza pero siempre encuentran la forma de apretarse los güevos e ignorarla, otros más a pesar de estar convencidos de que todas las religiones, incluyendo la propia, no son más que mitos, leyendas y falsedades, continúan en ella por los beneficios que les da. Sí, cómo no, ¿no te acuerdas del tipo que fue abad de la Basílica de Guadalupe?, ése que salió con que siempre no, que las apariciones no eran más que puro cuento, y no me digas que es el único porque te aseguro que pecarías de ingenuo... Pero él no era de éstos, para nada. Él tenía las pruebas de que su religión era la verdadera, “la neta del planeta”. Por lo menos eso pensaba...

Pero el asunto a veces le causaba aversión, asco. Fuera donde fuera -y vaya que había estado huyendo- le sucedían cosas que sólo podían explicarse en términos divinos. Esa era la prueba de que no estaba equivocado, si no cómo explicar todos aquellos milagros de los que había sido testigo. Al principio sintió una alegría casi infantil, tiempo después cayó en la cuenta de que aquellos milagros se manifestaban especialmente para él, a continuación se angustió al pensar que Dios le tenía preparada una misión, eso fue lo que ya no le gustó: tal vez tendría que difundir un mensaje, o peor, fundar una nueva religión, una religión que fuera verdaderamente designio divino, que no estuviera corrompida con las estúpidas interpretaciones humanas; después de todo, los milagros comenzaron justo cuando ya se rumoreaba que sería expulsado.

Pero no tenía el carácter necesario para algo así. Se vio a sí mismo como a un pequeño Moisés. Esperaba el momento en que Dios personalmente se le presentara para encargarle la gran misión y ya casi podía escucharse responder: “¡Ay Señor!, yo no soy hombre de palabras de ayer ni de anteayer, ni aun desde que tú hablas a tu siervo, porque soy tardo en el habla y torpe de lengua”. Claro que Moisés llevó a cabo su misión. Pero él no podría, él deseaba huir de toda responsabilidad. No era un pequeño Moisés, era un pequeño Jonás.

Durante 30 años, el padre Salxeido había pertenecido a la Compañía de Jesús hasta que “los jesuitas, los degenerados hijos de Iñigo de Loyola, como diría Don Miguel de Unamuno, tuvieron a bien expulsarme, ¿quién con dos dedos de frente puede soportarlos?, ya lo decía Unamuno: tratando a todos como niños, ellos se han infantilizado en el más triste sentido. Y hoy apenas hay nada más tonto que un jesuita...” comenzaba cuando alguien se atrevía a preguntarle sobre el asunto. Apenas salió a la venta La iglesia durmiente y la expulsión no se hizo esperar. Tiempo después publicó El cristianismo que agoniza, Los mitos cristianos e Interpelando a Jesús, entre otros. Algunos sacerdotes llegaron a la conclusión de que Salxeido había enloquecido debido a su insistencia en pretendidos milagros que jamás pudo comprobar. Por ello es que había desarrollado una especie de amor-odio hacia aquellas manifestaciones divinas.

En cierta ocasión el milagro había tardado en aparecer un mes, lo cual le causó un poco de temor, pero es que así somos todos; nos quejamos de personas, cosas, situaciones y circunstancias hasta convencernos de que estaríamos mejor sin ellas y cuando nos faltan ni quien nos aguante.

Así que cuando comenzó nuevamente aquello, lanzó un suspiro de alivio y se volvió a quejar de su cruz. El milagro hizo su aparición cuando estaba en la habitación que alquilaba y se masturbaba frente a la enorme cruz que le había obsequiado una anciana a la que las palabras del padrecito siempre reconfortaban. Esa misma tarde la colocó en la pared frente a su sillón favorito. Y helo ahí, masturbándose al mismo tiempo que pensaba en la primera y única vez que había tenido relaciones sexuales; su hermano y sus amigos, como regalo cuando recibió las ordenes sacerdotales, le llevaron una hermosa prostituta a la que no pudo resistirse: disfrutaba enormemente el sentimiento de culpa que el recuerdo le causaba, era su mayor regocijo (¿Será el sexo tan delicioso sin sentimientos de culpa?...).

Fue precisamente cuando estaba a punto de llegar al clímax, miró fijamente el rostro de aquella figura, sintió que el Cristo lo miraba con odio, como reprochándole el descaro de masturbarse frente a Él, frente a su dios. Pensó que estaba a punto de hablarle, de maldecirlo, de gritarle que se pudriría en el maldito infierno por no tener la fuerza suficiente para combatir el pecado de la carne... ¡Pinche rollo que traía en la cabeza!

Llegó al clímax y del Rey de los judíos manó la sangre: primero de las manos, después de los pies, del costado y al final de la corona de espinas. Se levantó de inmediato para constatar el milagro. Sí, era un auténtico milagro, una figura de Cristo que sangraba.

“A lo largo del tiempo los dioses han pedido la sangre humana como alimento, como tranquilizante -pensó- la han pedido con desesperación, con un apetito enfermizo y supongo desgastante. Se las hemos ofrecido para aplacarlos, para ganarnos su favor. Pero ¿qué hombre ha probado siquiera una gota de la sangre de los dioses? ¿Qué hombre ha tenido en sus labios tan preciado líquido? ¿Quién de entre nosotros puede decir que ha saboreado la sangre divina?”

Se arrodilló y después de tocar con el pegajoso dedo índice de su mano derecha aquella milagrosa sangre, como en el más importante y solemne de los ritos, se lo llevó a la boca y se encontró con la mayor de las vulgaridades, un líquido de consistencia y sabor asqueroso. Decepcionado y casi con ganas de reclamar por el desengaño se levantó y miró con menos respeto a la figura divina por haberle rebajado de esa manera sus expectativas. Aquel líquido se acercaba más en sabor a la vil tinta que a la sangre. ¡Bazofia!

Además, debía haber adivinado que esa sangre no sería de su agrado: ya tenía una muy buena clasificación sobre el sabor de la sangre que mana milagrosamente de las figurillas de la cohorte celestial católica. Las estatuillas de Santos y Santas manan sangre bastante insípida; la de cualquier Cristo representado en la cruz es la peor de todas, asquerosa; en cambio la sangre del Sagrado Corazón de Jesús es exquisita, deliciosa. Pero sin duda alguna su preferida era la que manaba de cualquier advocación de la Virgen María, aunque para ser sincero déjame decirte que la de la Virgen de Guadalupe mexicana -su morenita sabrosa- lo volvía loco, le encantaba, podría decirse que se había vuelto adicto a ella; por ello siempre cargaba una estatuilla de la guadalupana en su saco, a cada instante llevaba su mano al bolsillo, cuando la figurilla comenzaba a sangrar inmediatamente la llevaba a su boca y con el mayor de los placeres la recorría con su lengua.

Como ves no podía quejarse, tenía lo que tal vez ni el Papa, las pruebas irrefutables de la realidad del cristianismo; esos milagros eran evidencias claras, ya no usaba el argumento infantil de: “Mi religión es la verdadera porque mi Dios es mas chingón que el tuyo.”

Lo único que en verdad le molestaba era pensar que en cualquier momento le pedirían algo por aquellos momentos tan placenteros. “Nada es gratis, Salxeido... nada es gratis... mientras no me manden estigmas todo está bien...”

A veces tenía la idea de que era él y no Dios quien producía los milagros, entonces el temor disminuía mientras su ego se inflaba... Tenía la esperanza de que con el tiempo los milagros se hicieran cada vez más sorprendentes: en alguna ocasión había intentado curar a un leproso, también había intentado devolverle la vista a un ciego, hasta se había esforzado en resucitar muertos, pero nada, ni una pinche gripita podía curar; sus milagros no pasaban de hacer sangrar Cristos, hacer llorar Vírgenes o Santos, o de aparecer la figura de la Virgen en los lugares más inverosímiles: baños públicos, tamaleras... con contarte que un día, mientras esperaba a su hermano en la estación Hidalgo del metro... bueno, ya te habrás enterado, y si no, ya te imaginarás... Milagros de segunda, pensaba con cierto desdén. La única vez en que pensó que los milagros chingones habían llegado fue cuando uno de los monaguillos que había estado escuchando por semanas lo de los supuestos milagros, le cambió un cáliz con agua por uno con vino; “¡Ay, güey!, ¡ora sí!, ¡Un milagro fregón!”, las carcajadas del niño lo delataron, fue la única vez que le levantó la mano a un menor. La cara se le caía de vergüenza cada vez que miraba el rostro burlón del bromista, al que había hecho prometer no contar nada a nadie, pero que seguramente todos los niños del barrio -y posiblemente los padres de los niños- lo supieron de inmediato...

Lo peor fue cuando lo confirmó:

-Padre... me acuso de haber pensado que usted es un pendejo...

1 comentario:

Anónimo dijo...

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