martes, junio 02, 2009

Luis Benítez Bribiesca es Médico cirujano formado en la Escuela Médico Militar, se especializó en patología en diversas universidades del extranjero, en 1968 fundó el primer laboratorio de investigación oncológica en el Instituto Mexicano del Seguro Social, de igual forma, fue cofundador de la Escuela de Medicina de la Universidad Anáhuac. En el Centro Médico Siglo XXI él y su equipo han estudiado el cáncer cervicouterino.

En el número 82 (septiembre-octubre de 1988) de la revista Ciencia y Desarrollo publicó un interesante artículo en el que analiza casos de terapias fraudulentas que prometen curar el cáncer; anota Luis Benítez Bribiesca: "El avance científico y tecnológico de nuestro siglo ha empujado a muchos embaucadores a incorporar parte de la jerga científica a su quehacer diario; pero al final, siguen siendo los mismos de siempre. Lo que es más alarmante es que así se ha creado el nuevo tipo de charlatán, que podríamos calificar de 'científico'".

Le agradecemos mucho el permiso para publicar su trabajo (que por su extensión hemos divido en varias partes) en este blog.


Magia, charlatanería y cáncer
(Primera parte)


Por Luis Benítez Bribiesca


“No hay nadie más crédulo que aquel que sufre de alguna enfermedad. Urge legislar adecuadamente para evitar que al paciente le ofrezcan falsas esperanzas por medio de curas rápidas, con hechos falsos o con mezclas ineficaces, mientras su padecimiento progresa sin control...”
Discurso del presidente Taft al Congreso, EE.UU., 1991


Contrario a lo que el público lego pueda pensar, el cáncer como entidad nosológica definida, se conoce desde muchos siglos atrás. Es posible que Hipócrates o su escuela médica en el siglo V antes de Cristo la hayan identificado y sean los responsables de haberla bautizado con el término griego Karkinos, que quiere decir cangrejo. El cáncer, pues, se identifica simbólicamente con un cangrejo, aunque no tiene relación alguna con el signo astrológico del mismo nombre, como algunos pretenden. Pero no fue realmente sino hasta mediados del siglo XVIII que esta enfermedad pudo estudiarse científicamente y separarse de otras diversas que, aunque se le parecen, obedecen a causas muy diversas. 1

En nuestro siglo, y en particular en su segunda mitad, hemos sido testigos de un avance espectacular en las investigaciones sobre el cáncer. La experimentación biomédica ha penetrado hasta el ámbito molecular de la vida y de la patología, descifrando día a día el complejo código de este temible padecimiento que ya es en muchos países del mundo, como el nuestro, la segunda causa de morbiletalidad en adultos. En el terreno del diagnóstico, los métodos microscópicos, bioquímicos, inmunoquímicos e imagenológicos han acercado cada día más al paciente a la frontera deseada del “diagnóstico oportuno”; con esto es posible ofrecer tratamientos verdaderamente curativos para algunos tipos de cáncer. El uso de instrumentos cada vez más poderosos y precisos de radiación ionizante y de medicamentos específicos para algunas neoplasias proporcionan mayores esperanzas de sobrevida. La cirugía racional y menos mutilante ofrece resultados mejores y los nuevos métodos llamados de “terapia coadyuvante” completan el armamento de lucha contra el cáncer. Asimismo, la educación, los estudios epidemiológicos y el conocimiento de agentes ambientales con efecto carcinógeno permiten ya efectuar campañas preventivas bien fundamentadas y con resultados alentadores. Así, por ejemplo, las campañas de pesquisa oportuna de cáncer cervicouterino y las de antitabaquismo han comenzado a rendir frutos muy alentadores.

Lo más importante, quizás, es que ya se logró integrar un grupo de acciones entre métodos de diversas especialidades para llevar a cabo un tratamiento más completo y equilibrado del paciente oncológico; esto es lo que se conoce como tratamiento multidisciplinario. Además, la investigación básica del cáncer, que se ocupa de su biología celular, de su bioquímica, de la genética, de la inmunología, etcétera (fenómenos que por su complejidad parecían circunscribirse al reducto y lenguaje de los científicos de laboratorio), encuentran ya una vía directa de aplicación en la medicina oncológica de nuestros días. En verdad, quien se interese, aunque sea de manera superficial, en el vasto campo de la biología, quedaría sorprendido si conociera todo lo que se ha investigado sobre esta enfermedad tan compleja. Parece que por fin puede sostenerse una visión optimista para descubrir métodos adecuados para el control de la enfermedad en un futuro no muy lejano. 2

Pero cambiemos de postura y analicemos lo que le ocurre a un paciente con un cáncer avanzado. A este sujeto no le interesa si su enfermedad se debe a una alteración de un proto-oncogen, si su aparato inmune tiene menos células citotóxicas, si su tumor tiene receptores de estrógenos o si la invasión y siembra a distancia de las células malignas se debe a una secreción anómala de proteasas. Lo que quiere saber es si existe alguna forma de curarlo; de erradicar definitivamente su padecimiento maligno en ese momento. Él no puede esperar cuatro o cinco decenios para que los descubrimientos recientes de los laboratorios de investigación oncológica se traduzcan en un nuevo medicamento efectivo. El canceroso reclama una solución que le aliente y le dé esperanza y fe en los métodos terapéuticos.

Es indudable que numerosos cánceres, en su etapa inicial, son curables, pero por desgracia la mayoría de los pacientes acuden en etapas avanzadas. Los centros oncológicos no pueden proporcionar un pronóstico optimista ni preciso en esos casos, y un gran número de pacientes deberá recorrer el espinoso camino de tratamientos más o menos agresivos que, entre caídas y levantadas, podría cuando más prolongar su vida. No hay duda que todavía existe una gran discordancia entre los logros espectaculares de la investigación oncológica y los métodos disponibles para curar al enfermo con cáncer. La desesperanza e impotencia de médicos y pacientes para hacer algo radical ante el avance progresivo de la enfermedad maligna explica, y a veces hasta justifica, la búsqueda de métodos heterodoxos para controlar el mal.

La magia, la superchería y en particular la charlatanería constituyen las opciones desesperadas e irracionales de muchos cancerosos; pero lamentablemente existen individuos inmorales que los convierten en instrumentos de explotación de esos seres humanos en desgracia, dispuestos a pagar lo que sea porque alguien les asegura que serán curados.


La magia y la medicina

Es curioso, pero explicable, que el origen de la magia y la medicina sea similar; no fue sino hasta los siglos XV y XVI en que claramente se separaron las dos disciplinas. La ciencia propiamente dicha se desprendió de la magia con las aportaciones de Galileo, Newton y Copérnico; la medicina lo hizo después con Vessalius y los que le siguieron, al destronar los dogmas de Galeno. Desde entonces el estudio de la enfermedad se encauzó paulatinamente por el camino de la ciencia, y se transformó de un arte mágico-religioso en una amalgama de ciencias biológicas aplicadas al entendimiento y tratamiento de las dolencias humanas. Después de la decantación de los conceptos científicos, el componente mágico no desapareció del pensamiento humano; se mezcló con las religiones nuevas, se amalgamó con el pensamiento medieval y renacentista y, paradójicamente, se enriqueció por último con los conocimientos científicos, de los que tomó sólo algunos elementos, los más apropiados, para alimentar el misterio y el simbolismo del pensamiento mágico.

Desde Zoroastro en Persia, desde los sirios y caldeos, desde los egipcios y los griegos emanan las prácticas mágicas que en forma sorprendente se han conservado y muchas todavía están en uso. A pesar de que en la tradición judeocristiana la magia estuvo claramente prohibida (tanto en el antiguo como en el nuevo testamento), en sus rituales y fórmulas filosófico-teológicas existen multitud de nexos con esta faceta, tenazmente aferrada al pensamiento humano. 3

En cuanto a la práctica de la medicina, que durante muchas centurias estuvo engarzada al pensamiento mágico-religioso, no es de extrañar que fuese completamente empírica y que el médico o shaman de todas las culturas fuera un personaje al que se le atribuían conocimientos y poderes de mago o de brujo. En muchas circunstancias, las prácticas curativas las realizaba el mismo ministro de algún culto religioso y en el propio templo dedicado a la adoración de sus deidades. Quizás el ejemplo mejor documentado lo tenemos en el culto de Aesclepeios en Grecia.


El dios de la medicina, las limpias y las curas

En la cultura occidental, que tiene sus raíces en la cultura griega, el dios de la medicina ha sido considerado tradicionalmente como Esculapio o Aesclepeios. No es posible demostrar con certidumbre la existencia real de esta persona que fue divinizada después de muerta, tal como ocurriera con el egipcio Imhotet; de cualquier manera, según la leyenda, Aesclepeios, fruto de los amores de Apolo con la ninfa Coronis, llevó su habilidad de médico al extremo de resucitar muertos. Durante su permanencia en la Tierra procreó una descendencia numerosa: Panacea fue la hija conocedora de todos los remedios que curaba cualquier padecimiento; Higía fue nombrada para velar por la salud pública y encargada de alimentar a las serpientes sagradas; Telésforo, representado siempre con aspecto de niño, era el protector de los convalecientes; Podalirio era el médico militar y fue precursor de la psiquiatría, ya que diagnosticó el carácter mental de la enfermedad de Ayax, hijo de Telamón; finalmente el afamado cirujano Macaonte fue célebre por su valor en el combate. En honor a Aesclepeios se construyeron numerosos templos y se estableció un ritual quasi religioso. Sin embargo, este culto griego nunca tuvo tendencias dogmáticas ni abrigó miras políticas, y sus sacerdotes fueron ciudadanos comunes; nunca miembros de una casta exclusiva o divina, como ocurría con otros ministros de religiones más cerradas.

La práctica del culto de Aesclepeios se llevaba a cabo en los “Aesclepeiones” o “santuarios” dedicados al dios de la medicina. Los templos se multiplicaron con tanta rapidez que los autores clásicos mencionan casi 300 de ellos. Estas construcciones se erigían sobre todo en sitios agradables a la vista, de suerte que desde su interior pudieran contemplarse bosques, fuentes y manantiales de aguas minerales. Los más célebres santuarios fueron emplazados en el Peloponeso, en Cnido, en Cos, en Pérgamo, en Cirene, en Atenas y otros sitios más. En Epidauro existen todavía las ruinas del templo más célebre de este culto con los magníficos propileos construidos por Policleto. En el centro, cerca de la estatua del dios, que se describe como monumental, se encontraba el abatón, es decir el lugar de reposo de los enfermos. 4

Los enfermos que acudían a los santuarios para invocar el auxilio de Esculapio eran inmediatamente sometidos a una cura preventiva, consistente en baños y ayunos. Una vez purificados y dignos de aproximarse al altar se los admitía en el interior del abatón, pórtico techado y abierto en donde se tendían sobre pieles de carnero, envuelto el cuerpo en mantas. Debilitados por el prolongado ayuno y aturdidos por brebajes soporíferos no tardaban en adormecerse.

En este punto empezaba la cura principal, una especie de psicoterapia fundada en el sueño, denominada “incubación”. Algunos piensan que esto era un ritual que producía lo que ahora se conoce como hipnosis de masas y que en ese estado hipnótico se usaba la sugestión como medio curativo, tal como se hace con la hipnosis médica moderna, como veremos más adelante. Cuando los pacientes perdían el conocimiento, los sacerdotes comenzaban a moverse alrededor de ellos seguidos de las serpientes sagradas, que parecían lamer las llagas de los durmientes. Al despertar, cada enfermo relataba las visiones que había tenido durante el sueño a un sacerdote, quien, después de interpretarlas, prescribía la cura correspondiente al caso. Esta fase podría denominarse diagnóstica, ya que después se daba una serie de medidas terapéuticas; sin embargo, en muchos casos el efecto de la sugestión hipnótica era tan potente que la curación se lograba durante el lapso de inducción del sueño. Cuando un enfermo no sanaba, los sacerdotes tenían siempre a flor de labio una réplica para los incurables: no habían sanado por no seguir al pie de la letra las prescripciones, o porque su fe en la terapia era todavía endeble.

Al abandonar el santuario, el enfermo depositaba una ofrenda de dinero y una tablilla votiva donde estaba escrito su nombre, la enfermedad que lo afligía y los remedios aconsejados por el sacerdote o médico. Esta tablilla se exhibía en las paredes del templo con objeto de infundir confianza a quienes llegaban después al santuario en busca de alivio para sus males.

Los sacerdotes actuaban movidos por el deseo de lucro, pero los enfermos de entonces, como los de todos los tiempos, estaban dispuestos a pagar lo que fuere por satisfacer el ardiente deseo de salud y la esperanza de conquistarla. Por esto, no es de extrañar que los desahuciados, como los enfermos de cáncer avanzado, acudieran a los templos de Aesclepeios, ni que los sacerdotes obtuvieran pingües ganancias de los fieles, a cambio de interceder por ellos ante las deidades del Olimpo; cualquier semejanza con los brujos y charlatanes de nuestra época no es pura coincidencia. Pero en los tiempos de la Grecia clásica no había otra opción; en cambio ahora las cosas son muy diferentes.

El pensamiento mágico-religioso con sus fórmulas mágicas, animales sagrados y templos especiales parece perpetuarse, con variaciones locales, a través de la historia. Es indudable que muchas partes de aquel ritual helénico tienen bastantes puntos de semejanza con lo que llamamos en nuestro país, y en otras culturas, fórmulas exorcísticas, limpias o vudúes. Es interesante el hecho de que estos rituales, ejemplificados por las conocidas y socorridas limpias, se usan ampliamente en nuestro país, mezclando elementos derivados de las culturas precortesianas, con elementos religiosos, cristianos y con procedimientos mágicos africanos y aun orientales, en un sincretismo harto complejo. Muchos pacientes con enfermedades graves, como el cáncer, acuden frecuentemente con los brujos para obtener la limpia de su mal; lo que resulta más notable es que el paciente sigue teniendo una fe irracional ante estos procedimientos, tal como ocurría con los seguidores del culto de Esculapio. Habría que preguntarse cuál es la motivación psicológica que impulsa al individuo a buscar estas soluciones completamente empíricas e irracionales para sus problemas de salud. ¿Será parte del inconsciente universal que postulaba Jung?


De las causas y los remedios del cáncer

El estudio de la enfermedad tiende a descubrir sus causas para encontrar la forma más adecuada de tratamiento. Lo mismo ocurre en el caso del cáncer; el descubrir su causa podría, en teoría, permitir un tratamiento etiológico adecuado. Hacia el siglo V a de C., Hipócrates definió el término y concepto de cáncer y propuso la que quizá fue la primera hipótesis acerca de su causa. De acuerdo con el padre de la medicina, el cuerpo humano contiene cuatro humores fundamentales: la sangre, la flema, la bilis amarilla y por último la bilis negra. Los excesos, las deficiencias o el secuestro de uno o de varios de estos humores básicos son la causa de todas las enfermedades; por esto, la salud puede obtenerse restaurando el equilibrio de estos humores dentro del cuerpo. Este concepto era considerado como lógico y acorde con la percepción aristotélica de la naturaleza, y era perfectamente compatible con el conocimiento más avanzado de la época. Por esto, Hipócrates propuso que el cáncer era una enfermedad causada por un exceso de bilis negra o atrabilis. Es sorprendente que esta idea fundamental haya prevalecido durante los 2000 años subsecuentes a su planteamiento y que algunos curanderos la invoquen todavía en la actualidad. Como consecuencia de estas hipótesis, Hipócrates recomendaba el siguiente tratamiento para el cáncer: evacuación adecuada de los intestinos durante diez semanas, mediante el uso de purgantes por lo menos una vez por semana. Si existía una gran vena en la vecindad del tumor se recomendaba entonces la venisección directa. El paciente debía bañarse todos los días en agua tibia y después emplastar con una pasta de verdigrís calcinado la parte afectada hasta que esta última se transformara en rojiza, después de lo cual debía cubrirse con una compresa de tela humedecida en la misma agua.1, 5

Más tarde, Aurelio Cornelio Celso, autor de un trabajo enciclopédico sobre medicina, trató de separar los tumores verdaderos de las inflamaciones propiamente dichas; en esta forma hizo una contribución sustancial al conocimiento de la patología. Pero en relación al cáncer, continuó con las ideas hipocráticas, y sólo recomendaba algunas medidas extraordinarias como, por ejemplo, que algunos tumores debían extirparse quirúrgicamente; sin embargo, decía que no todos los cánceres debían someterse a cauterización o a la incisión con el cuchillo, ya que alguno de esos tumores podía excitarse y causar la muerte.

Hacia el siglo II d. de C., Aglacon, que fue maestro de Galeno, propuso que un aumento de temperatura del hígado hacía que este órgano generara atrabilia, o sea, sangre descompuesta; en esas condiciones el bazo era incapaz de enfrentarse con el exceso de material atrabilioso y entonces se debilitaba. Esto hacía la sangre muy espesa y mucho más turbia, de tal manera que, cuando se sedimentaba en las partes más bajas del cuerpo, aparecían las hemorroides. Si este proceso continuaba, salían las venas varicosas en las piernas; si esto alcanzaba la piel, se producía la lepra, y si esa sangre espesa y descompuesta se almacenaba en algún órgano especial entonces aparecía el cáncer. El tratamiento de esta dolencia, de acuerdo con el maestro de Galeno, sólo es posible durante su etapa incipiente. Para su tratamiento, usaban melanogogos en forma continua hasta el estado original del órgano afectado retornara a lo normal; recomendaba también la venisección y el uso del agua Solanum Migrum.

Galeno fue para la medicina lo que Aristóteles para la filosofía, y su influencia se dejó sentir en todas las áreas de la medicina, incluyendo la oncología, durante más de 1300 años. Él fue un seguidor de la teoría humoral de la enfermedad y extendió el concepto de atrabilis como causa del cáncer. Atribuyó la causa de las neoplasias malignas a un exceso de bilis negra que se solidificaba en algunos sitios, como los labios, las mamas y la lengua. También indicó que los cánceres eran particularmente comunes en condiciones en las cuales no podía eliminarse la bilis negra, como las hemorroides o la suspensión de las menstruaciones (amenorrea). Para su tratamiento, recomendaba fundamentalmente la dieta, y hacía énfasis en que el paciente se abstuviera de comer nueces y en cambio, tomara muchos purgantes. También preconizaba el uso de minerales calcinados y de lavados, aunque también hacía énfasis en el uso de hidromiel en forma continua y señalaba que si el cáncer se encontraba en un órgano que podía rescatarse quirúrgicamente había que extirparlo desde su raíz.

El pensamiento galénico dominó la medicina hasta el siglo XVII. Durante toda la Edad Media cualquier duda de su autoridad era prácticamente una herejía. Durante el periodo que siguió a la caída del Imperio Romano hasta el Renacimiento, la iglesia católica desempeñó un papel definitivo y paradójico, al preservar el conocimiento clásico y detener el desarrollo de cualquier nuevo tipo de saber. Durante el Renacimiento ya fue posible poner en duda la existencia de la bilis negra y el que su acumulación produjera cáncer. Si el cáncer es un acopio de bilis negra, ¿por qué no podemos encontrarlo al cortar este tumor durante su disección?

En el siglo XVI Paracelso, quien era un alquimista, atacó el pensamiento aristotélico y galénico, pero también propuso algunas hipótesis un tanto extrañas. Decía que la cura de las enfermedades tenía que estar basada en la búsqueda de su esencia a través del fuego; pensaba que al quemar un objeto podría separar su contenido en los tres principios de la alquimia: el azufre es lo que se quema, el mercurio es el humo o vapor y la sal o mineral es la ceniza. Paracelos pensaba que el cáncer se debía a un exceso de sales minerales en la sangre y se desarrollaba cuando estos diferentes tipos de sales se concentraban para buscar salida del cuerpo. Así las cosas, por aquella época y hasta el siglo XVII aproximadamente, casi cualquier individuo con cierta cultura y experiencia en el área médica se sentía capaz de proponer teorías del cáncer y por supuesto métodos para su tratamiento.

Más adelante, Stahl y Hoffman propusieron que el cáncer estaba compuesto de linfa fermentada y degenerada, con densidad variable y con grados diversos de acidez y alcalinidad. La teoría linfática del cáncer adquirió apoyo muy rápido, tanto, que John Hunter en Inglaterra estuvo de acuerdo con que los tumores se originaban de linfa coagulable, constantemente extraída de la sangre. La teoría linfática del cáncer tiene una similitud muy clara con la teoría alquimista de Paracelso y con la teoría humoral de Hipócrates y de Galeno. 1

En realidad fue hasta 1761 que la medicina alcanzó el verdadero nivel de renacimiento con la publicación del monumental libro de Giovanni Battista Morgagni, Los sitios y las causas de las enfermedades, donde se correlacionaban los datos de autopsia con los hallazgos clínicos, de por lo menos 700 casos acuciosamente estudiados.

Es importante destacar que numerosos curanderos y charlatanes todavía invocan muchas de aquellas arcaicas ideas y métodos curativos, pretendiendo convencer a sus incautos pacientes de que sus remedios son los de Hipócrates o de Galeno y que por eso son infalibles. El pensamiento mágico prevalece sobre el científico porque se recubre de un aura de tradición, dogmatismo y misterio. Hipócrates y Galeno son los dioses de la salud.

REFERENCIAS

1 Kardinal, C.G. y J.A. Yarbro, “A Conceptual History of Cancer”, Semin. Oncol., vol. 6, 1979, pp. 396-408.
2 Benítez Bribiesca, L., “Biología de la célula neoplásica. Su importancia para la oncología clínica.”, Rev. Med. IMSS, vol. 25, 1987, pp. 457-467.
3 Dumas, R.F., Historia de la magia, Plaza y Janés, S.A., Editores, 1ª Ed., Barcelona, España, 1973.
4 Margotta, R., Historia de la medicina, Editorial Novaro, S.A., 1ª Ed., México, 1972.
5 Lain Entralgo, P., La medicina hipocrática, Ediciones Castilla, 1ª Ed., Madrid, 1976.

2 comentarios:

Iván dijo...

Muy muy interesante entrada.

El Editor dijo...

Muy buen artículo.
Felicitaciones.

CARLOS Q.