domingo, junio 28, 2009

(Casi) Todo lo que usted quería saber sobre Las patillas de Asimov y temía preguntar

Y es así como este blog llega a los cuatro años. Aquí van algunos datos:

Número de entradas: 242 (contando la de hoy).

Entrevistas: 5. Mario Méndez Acosta, Héctor Chavarría, Luis Ruiz Noguez, Alberto Chimal y Carlos Yustis.

Han aceptado colaborar: José Luis Zárate, Héctor Escobar (él con dos artículos), Luis Ruiz Noguez, Gabriel Benítez, Miguel Alcubierre, Andrés Tonini, Mauricio-José Schwarz, Luis Flores, Francisco Espinosa, Aldo M. Alba, Mario Méndez Acosta, Jorge Sánchez Quintero y el doctor Luis Benítez Bribiesca. Las caricaturas que aparecen en las entrevistas a Mario Méndez, Héctor Chavarría y Luis Ruiz Noguez fueron realizadas por Jesús Gonzalez Corro. Como se puede ver, puro chingón.

Me han invitado a participar: a un programa de radio (junto a Mario Méndez, Acosta, Luis Ruiz Noguez y Martín Bonfil), como ponente en la Facultad de Ciencias de la UNAM.

He asistido a: la presentación de Retorno (de Ángel Zuare), a una mesa redonda de SOMA.

Número de visitas: en alguna ocasión intenté poner un contador de visitas pero no pude (lo cual muestra mi torpeza en estas cuestiones).

Seguidores: 8

Premios: Tonini nos dio el Brillante Weblog. Gracias.

Curiosiades: cuando me confundieron con Jaime Maussán, cuando Maussán afirmaba que en internet había un complot en su contra y que quienes estábamos participando en éste, tendríamos que dedicarnos a escribir de otra cosa, pues el fenómeno ovni nos había quedado muy grande.

Mejor cumplido al blog (lo encuentran acá): Pinche pendejo como puedes desprestigiar a Maussán.. tú no eres nada, él es un verdadero periodista dedicado a presentar evidencias, no a realmente a afirmar que son.. tu pinche blog lo encontré de pura mala suerte!!! VETE A LA MIERDA CABRON!!!

En estos cuatro años hemos podido observar cómo "trabajan" algunos charlatanes: las predicciones terribles y siempre fallidas de Giovannita, el caballo volador, el pingüino en la copa de un árbol, el espectacular video del chupacabras saltarín, la aparición "misteriosa" de efectos electromagnéticos en un video que originalmente no los tenía, la presentación de Jorge Guerrero de la Torre (para respaldar el caso del "extraterrestre de Mérida"): el científico que no era tal. En fin, usted tendrá su ejemplo favorito.

Gracias a aquellos que de vez en cuando leen este blog.

lunes, junio 22, 2009

Magia, charlatanería y cáncer
(Cuarta parte)
Por Luis Benítez Bribiesca

La herbolaria, la chahínas y otros remedios

Es indudable que la tradición herbolaria acumulada a través de miles de años en diferentes pueblos ha aportado conocimientos fundamentales a la farmacología moderna. Quizás el ejemplo más demostrativo es el descubrimiento de William Withering de una planta con acción cardiotónica, obtenido del análisis de una porción de hierbas que administraba una bruja en el norte de Inglaterra. Del estudio cuidadoso de la planta Digitalis purpurae y de sus compuestos activos, pudo obtenerse uno de los fármacos más importantes para tratar los problemas cardiacos: el digital. 27 La herbolaria en nuestro país no es una excepción y es bien conocida la historia de cómo el estudio de ciertos vegetales nacionales, como el barbasco, condujo a encontrar fuentes de esteroides para la fabricación de medicamentos hormonales. Por último, es conveniente destacar que algunos fármacos usados actualmente en el ámbito de la quimioterapia científica derivan precisamente de vegetales de la especie Vinca; tales medicamentos se conocen en la actualidad como Vincristina y Vinblastina y siguen usándose ampliamente como tratamiento de elección para algunas neoplasias malignas. La investigación en este vasto universo vegetal continúa y cada día se refina más la tecnología con la que se estudia; recientemente se elaboró un ambicioso proyecto para el estudio de la herbolaria del sudeste de Asia, subvencionado por el Instituto Nacional del Cáncer de EE.UU., con muchos millones de dólares.28

Si bien la aplicación de la herbolaria es un hecho incontrovertible, otra cosa muy distinta es que cualquier hierbero o curandero pretenda tener la fórmula mágica que cure el cáncer. En todos los países, y sobre todo en el nuestro, existen numerosas personas que se exhiben como los descubridores de tan ambiciosa fórmula. En México muchos curanderos, hierberos, químicos y hasta médicos han hecho grandes negocios y establecido empresas de difusión nacional, con diversas fórmulas mágico-herbolarias que ofrecen al público como “curas contra el cáncer”. Creo que el ejemplo más interesante es el que se encuentra en los escritos y propaganda del profesor Humberto Avilés. El citado profesor se dedica a producir y vender multitud de productos, mezcla de la herbolaria y de la magia, como tratamiento de diversas enfermedades; él publicó un escrito llamado Teoría morular del cáncer (50 años de la teoría de la sementerapia anticáncer). Este escrito es verdaderamente interesante porque consiste en una mezcla incomprensible de conceptos oncológicos tomados de todas las épocas; desde la tradición hipocrática, pasando por la herbolaria, hasta algunos datos de lo que podría considerarse investigación moderna. Este curioso y críptico sincretismo histórico-conceptual, lo expresa en forma de lo que llama “axiomas”, y deduce que la fitolaca, combinada con la sementerapia, es útil contra el cáncer y por supuesto contra la enfermedad de moda, el sida. Este ecrito puede considerarse el ejemplo más claro y viviente de la charlatanería pseudocientífica en nuestro país. 29

Otro ejemplo sorprendente de tratamientos herbolarios mimetizados de científicos, y que parece tener un éxito inusitado hasta con profesionales de la investigación biomédica, es el supuesto descubrimiento de unas sustancias curtientes de origen vegetal por Héctor Chahín, que dio lugar a la preparación y venta de los “extractos” llamados Chahína y Circulán. Sus bondades han sido publicadas y avaladas en una conocida revista de divulgación científica, nada menos que por un doctor en bioquímica del laboratorio de virología de la Facultad de Medicina de la UNAM; él afirma que el tratamiento es efectivo en el 80% de los enfermos avanzados de cáncer. 30 Si esto fuera cierto, las compañías productoras de medicamentos estarían dispuestas a comprar la patente por muchos millones de dólares y el Comité Nobel le otorgaría el premio de más prestigio del mundo. El estudio de las Chahínas ha sido totalmente empírico y realizado en forma pseudocientífica; no existe demostración alguna de que estas sustancias puedan tener un efecto anticanceroso en ninguna de las condiciones de experimentación rigurosa que requiere el estudio de fármacos neoplásicos. Sin embargo, la sustancia se vende profusamente, su uso se difunde ampliamente y hay un número creciente de enfermos que desea curarse del cáncer con el uso de estos preparados. ¡Qué lamentable es que en nuestro país se permita que este tipo de sustancias se vendan sin las pruebas científicas necesarias y así se engañe a los pacientes, sólo por obtener grandes beneficios económicos!

Todos los que hemos trabajado en el campo de la oncología sabemos que en México existen numerosas personas que afirman que las cápsulas de víbora de cascabel tienen un efecto neoplásico específico. Esta idea ha cundido ampliamente en todo el país, a tal punto que se dice que este reptil se caza cada día más para producir dicho remedio, por lo que ya está considerado en la lista de especies con amenaza de extinción. El polvo de víbora de cascabel desecada y puesta en cápsulas de gelatina se vende con frecuencia en consultorios de medicina mágica y herbolaria y por supuesto en multitud de mercados y tianguis. Huelga decir que tampoco existe ninguna demostración científica ni anecdótica de su efecto en el tratamiento contra el cáncer; éste cae dentro del ámbito de la creencia popular. ¿Será que la persistencia de la magia del símbolo de Quetzalcóatl o Kukulkán en la mentalidad popular mexicana nutre aún esta creencia? Y contra las creencias no hay juicio que valga.

Además de los métodos señalados existen numerosos sistemas ideados por charlatanes, tanto del género clásico como del moderno, para captar la atención de los pacientes cancerosos en etapa terminal y de ese modo realizar grandes negocios. La mayoría de esas personas, que preconizan haber descubierto los tratamientos del cáncer, son embaucadores más o menos hábiles, pero que llegado el momento de que ellos mismos o sus familiares cercanos enferman de cáncer, recurren sin titubear a las clínicas oncológicas formales. Una anécdota que tuvo lugar en el Hospital de Oncología ejemplifica esta actitud: un ingeniero (no médico), con tenacidad inusitada, llegó hasta las autoridades más altas del IMSS arguyendo que había descubierto la causa del cáncer y que por múltiples motivos, sobre todo políticos, su descubrimiento no se había tomado en cuenta. Las autoridades del Seguro Social con toda cautela pidieron a los especialistas de oncología un análisis y dictamen de los “descubrimientos” del ingeniero. Después de un estudio cuidadoso de los documentos que él presentaba, de varias entrevistas personales y de una larga discusión entre el subdirector del Hospital, el psiquiatra del Hospital y el jefe de la Unidad de Investigaciones Oncológicas, se llegó a la conclusión de que su “teoría” era confusa, contradictoria y carente de valor científico, y que además revelaba un profundo desconocimiento de lo que es la enfermedad neoplásica. Pasados dos años de aquella entrevista, en la que el “descubridor de la génesis del cáncer” enfureció en forma superlativa, el citado ingeniero acudió a solicitar un tratamiento convencional para un familiar con cáncer de testículo y nunca volvió a mencionar su teoría del origen del cáncer.

Los tratamientos anticáncer germinan a diario y en todos los ámbitos; recientemente un médico y una quimicobióloga en Toluca dijeron haber descubierto la fórmula herbolaria mágica para la curación del cáncer. Hace sólo unos meses otro médico acudió al Hospital de Oncología para pedir que se pusiera a prueba un supuesto nuevo método que denomina “terapia enzimática del cáncer con medicina integral”, y que proviene de EE.UU., donde se dice que el ácido láctico es el remedio natural para destruir el cáncer. 31


Actitud de los charlatanes modernos ante el método científico

La mayoría de los charlatanes pretenden tener información científica profunda y dicen haber elaborado experimentos en diferentes formas, ya sea en animales, in vitro o con humanos, pero nunca ofrecen pruebas del laboratorio donde los realizaron, ni del protocolo de investigación que siguieron. Ninguno de ellos conoce el método científico, ni los medios para desarrollar experimentos confiables, ni menos para probar o producir un medicamento. Por esto, ya que tienen elaborado el remedio y que lo han usado empíricamente pretenden obtener el aval de especialistas; así, acuden, inocente o cínicamente, a los centros oncológicos para exigir que su método terapéutico se someta a prueba en pacientes cancerosos. Cuando se les solicitan los datos exactos del examen químico y farmacológico del producto responden con vaguedades o se niegan a darlos. Al explicarles que existe un método científico y normas de experimentación farmacológica a las que deben ceñirse, se ofenden. Las razones que esgrimen es que no pueden revelar su fórmula porque temen que se las plagien y que, además, no hay necesidad de someter su medicamento a rigurosos estudios de laboratorio con el método científico, ya que ellos presentan numerosos testimonios de pacientes supuestamente curados de cáncer. Los modernos Dulcamaras afirman que dichos testimonios deben ser suficientes para convencer a cualquier gente de buena fe de que el medicamento, poción o extracto que proponen tiene efecto curativo sobre las neoplasias malignas. Al explicárseles que la experimentación farmacológica es compleja y que requiere de procedimientos perfectamente establecidos para probar la eficacia de un medicamento, se rehúsan y acusan públicamente a las instituciones, que ellos califican como “medicina oficial”, de incomprensión y juicio estrecho ante la evidencia “tan clara” que presentan. Esto, lejos de perjudicarlos, parece darles más fama, pues sus seguidores incondicionales los consideran así como víctimas incomprendidas, portadoras de un mensaje curativo y benefactores de la humanidad.

El público debe saber que el método científico y las normas internacionales para la experimentación farmacológica es lo que ofrece la seguridad de uso y aplicación. Un remedio que no es sometido a estos rigurosos estudios representa un gran riesgo para el paciente y, por lo regular, un engaño curativo. Vender falsas esperanzas a pacientes con cáncer debe considerarse un delito y un fraude moral.


REFERENCIAS

27. Goodman y Gillma, The farmacological Basis of Therapeutics, Ed. Mac Millan Publ. Co. Inc., 6a. Ed., New York, 1980.
28. Booth, W., “Combing the Earth for Cures to Cancer. AIDS”, Science, Vol. 237, 1987, pp. 969-970.
29. Avilés, H., “Teoría morular del cáncer. (50 años de teoría de la sementerapia anticáncer y experiencia)”, resumen de monografía, información mimeografiada distribuida por el autor.
30. Romero V.,G., “Prueban sustancias curativas contra cáncer y sida.”, Información Científica y Tecnológica, vol.10, núm. 136, 1988, pp. 18-21.
31. A Cure for Cancer in Animals. Keating Foundation, Inc. (impreso sin afiliación a ninguna revista científica y sin datos de identidad bibliográfica).

miércoles, junio 17, 2009

Ciencia, belleza y cuantificación
o
¿Son bellas las carretadas de estiércol?


Jamás lo he dicho.
De verdad.
Es cierto que pronuncié muchas veces la frase “miles de millones”
en la popularísima serie Cosmos,
pero jamás dije “miles y miles de millones”;
por una razón: resulta harto impreciso, es una expresión muy vaga.
Nunca he dicho tal cosa.
Carl Sagan.

Martín Bonfil Olivera en la revista “¿Cómo ves?” escribe una columna llamada “ojo de mosca”. En el número 103 (junio de 2007) se refirió a la relación entre la ciencia y la belleza. ¿Los no científicos relacionan la ciencia con la belleza? Martín señaló ejemplos de la estética que se encuentra en la visión científica del mundo: “la elegancia y perfección de una demostración matemática; la simetría submicroscópica de una estructura química; la maravilla de reducir el comportamiento de un sistema físico a una simple ecuación, que sin embargo tiene el poder de predecir su comportamiento; o el encanto minucioso de una máquina diseñada y construida para cumplir su propósito con eficacia.”

Más adelante afirmó: “la imagen popular supone que la ciencia no sólo no aprecia la belleza, sino que tiende a eliminarla. La ciencia explica cómo fenómenos antes misteriosos –un arcoiris, el nacimiento de un nuevo ser, el azul del cielo, el brillo de la Luna, la danza de los cromosomas en la división celular- son producidos por mecanismos completamente naturales y comprensibles. Y entenderlos parece quitar ese ‘misterio’ detrás de la belleza de la naturaleza, sustituyéndolo por áridas explicaciones. Como si comprender un fenómeno impidiera maravillarse con él.”

¿Es bella la imagen que de la naturaleza nos da la ciencia?, ¿hay algún tipo de belleza que sin la ciencia no podríamos captar?



En el segundo apartado (“Matematización”) del capítulo ocho (“Teoría: Dinámica”) de su libro La investigación científica (publicado por Siglo XXI editores), Mario Bunge propone examinar el siguiente problema:

Bastantes personas se oponen a la construcción de modelos matemáticos en las ciencias del hombre. ¿Por qué? Examinar, entre otras, las siguientes alternativas pero compatibles unas con otras. (i) Porque piensan que lo humano es demasiado complejo para poder matematizarlo: “No es posible comprimir la riqueza del hombre en una fórmula, ni sujetar a leyes su libre voluntad.” (ii) Porque ignora la matemática y, consiguientemente, ésta les asusta. (iii) Porque la construcción de “modelos” matemáticos en las ciencias del hombre a] pone de manifiesto, por contraste, la vaciedad teorética de las escuelas tradicionales, y b] pone en peligro las varias ideologías tradicionales porque acostumbra a la gente a pensar con precisión.

Sobre el miedo a la cuantificación (el segundo enunciado que Bunge propone examinar) se expresó el astrónomo Carl Sagan en su obra Miles de millones. La primera parte del libro está dividida en seis capítulos. El título de esa primera parte es La fuerza y la belleza de la cuantificación. Sagan comienza explicando que jamás mencionó la frase “miles y miles de millones”. Lo que sucede es que el conductor de televisión Johnny Carson hacía una imitación de Sagan; era Carson quien decía lo de miles y miles de millones. Sagan cuenta que la gente llegó a creer que la frase era suya. “Pues mire, la verdad es que nunca dije tal cosa.” explicaba Sagan cuando le pedían que repitiera la frase. A lo que le respondían: “No importa. Dígalo de todas maneras.” En su escrito Sagan explica el uso que de notaciones exponenciales hacen matemáticos y científicos, afirma que una vez que se domina esta notación, es posible operar fácilmente con cifras inmensas (como el número aproximado de microbios en una cucharadita de tierra, el de granos de arena en todas las playas, o el de seres vivos en la Tierra). En el segundo capítulo explica los crecimientos exponenciales y da ejemplos de ellos: la reproducción biológica, la forma en que crecen los casos de personas con sida, el crecimiento de la población mundial, etc. El capítulo termina con estas palabras:

“Conocer algo de forma meramente cualitativa es conocerlo de manera vaga. Si tenemos conocimiento cuantitativo –captando alguna medida numérica que lo distinga de un número infinito de otras posibilidades- estamos comenzando a conocerlo en profundidad, comprendemos algo de su belleza y accedemos a su poder y al conocimiento que proporciona. El miedo a la cuantificación supone limitarse, renunciar a una de las perspectivas más firmes para entender y cambiar el mundo.”



El primer enunciado que Bunge propone examinar (Porque piensan que lo humano es demasiado complejo para poder matematizarlo: “No es posible comprimir la riqueza del hombre en una fórmula, ni sujetar a leyes su libre voluntad.”) está relacionado con la idea de que matematizar o investigar científicamente algunos fenómenos (humanos y no humanos) es “vulgarizarlos”, o destruir su belleza (Bunge afirma que el amor puede ser materia de estudio científico).

Los grandes ensayos de la ciencia es una antología coordinada por el matemático Martin Gardner (Nueva Imagen, México, 1998). Uno de los textos seleccionados por Gardner fue escrito por “el buen doctor” Isaac Asimov. Asimov escribió un texto titulado Ciencia y Belleza. Sobre éste, Gardner escribe: “Es la mejor respuesta que le conozco al viejo infundio –soltado ocasionalmente por poetas que poco saben de ciencia- de que de alguna manera el conocimiento científico destruye la belleza al decirnos cosas que realmente no necesitamos saber.”

Asimov comenta el siguiente poema de Walt Withman:

Cuando escuché al astrónomo erudito,
Cuando las pruebas, las cifras, fueron puestas en columnas delante de mí,
Cuando me enseñaron los mapas y los diagramas, para sumarlos, dividirlos y medirlos,
Cuando sentado escuché al astrónomo, con gran aplauso en el salón,
Qué extrañamente rápido me harté,
Hasta que levantándome y deslizándome me alejé solo,
En el aire nocturno, místico y húmedo, y de tiempo en tiempo,
Miré en perfecto silencio las estrellas.

Asimov comienza afirmando que muchas personas pueden sentirse identificadas con el poema, esas personas piensan que: “La ciencia sólo le chupa toda la belleza a las cosas, las reduce a números, tablas y medidas. ¿Para qué molestarse en aprender toda esa basura cuando puedo simplemente salir a ver las estrellas.” Asimov afirma que Whitman expresa puras tonterías. El buen doctor afirma que es posible disfrutar de una noche estrellada, pero observar esos puntos de luz quietos y cintilantes no es toda la belleza. A continuación describe lo que son los planetas, las estrellas, los agujeros negros, las supernovas, lo que sucederá con el sol (los astrónomos creen que se convertirá en una gigante roja); también describe someramente nuestra galaxia, habla de la existencia de otras galaxias, de la expansión del universo, y del futuro del mismo. Concluye: “Y toda esta visión –más allá de la imaginación humana- fue hecha posible por el trabajo de cientos de astrónomos ‘eruditos’. Todo, todo fue descubierto después de la muerte de Whitman en 1892, y la mayoría durante los últimos veinticinco años, y así el pobre poeta nunca supo qué belleza tan limitada y anulada observó cuando ‘miró en perfecto silencio las estrellas’. Y tampoco podemos saber o imaginar ahora la belleza sin límites por revelarse en el futuro. Con la ciencia.”


La idea de que “No es posible comprimir la riqueza del hombre en una fórmula, ni sujetar a leyes su libre voluntad.” fue examinada por Bunge en la primera parte de La investigación científica (“El enfoque científico”). Expuso en esa parte que los prejuicios pueden hacer que se tenga la idea de que hay experiencias humanas que no pueden ser objeto de planteamiento científico (y por tanto tampoco matematizables), sino que tienen que mantenerse en la esfera privada (pero ese será tema para otra entrada). Estos prejuicios pueden ser creencias religiosas. El paleontólogo Stephen Jay Gould escribió un libro en el que argumentó que ciencia y religión tienen discursos que no se tocan (la ciencia se ocupa de la naturaleza y la religión de cuestiones trascendentes), es decir, no hay conflictos entre ellas. Otros consideran que sí existe ese conflicto, entre ellos Mario Bunge.

Bunge en su libro Seudociencia e ideología (Alianza Universidad, México, 1986) analiza este punto. Afirma que ciencia y religión se disputan ciertos territorios: problemas como el del origen y naturaleza de la vida y de la mente, “si el universo existió siempre o fue creado; el de si hay seres sobrenaturales que pueden hacer milagros (o sea, violar leyes naturales); el de si el hombre es un pariente próximo de los monos antropoides, o un ser creado a imagen y semejanza de la divinidad; y el de los orígenes históricos y las funciones sociales de las religiones. En cuanto se aborda cualquiera de estos problemas se acaba la tregua y recomienza la guerra entre la ciencia y la religión.”

Pero no basta con usar matemáticas en las ciencias del hombre para hacer investigación científicamente válida. El mismo Bunge es un crítico de la pseudomatematización. Los trabajos de Huntington; de Gary Becker y de James N. Rosenau han sido criticados por Bunge (Elogio a la intolerancia al charlatanismo en la universidad, Razonamientos, No. 11, México, Tercer trimestre de 1999).

Gary Becker ganó el premio Nobel “por su enfoque económico del estudio del comportamiento del hombre.” Pero Bunge afirma que “salpica sus publicaciones con símbolos no definidos.” El ejemplo que pone Bunge es el siguiente:

R= D¡ + h

Donde ¡ nombra a un individuo arbitrario, R representa la opinión que de ¡ tienen otras personas de la misma ocupación, y h mide el efecto de los esfuerzos de ¡, y D¡ el nivel de R cuando ¡ no hace ningún esfuerzo; D¡ mide el entorno social de ¡

Bunge escribe: “Becker bautiza estas supuestas ‘funciones’ pero no las especifica. Por consiguiente ‘suma’ palabras, no funciones. Ni siquiera dice cuáles son las dimensiones y unidades de estas pseudomagnitudes. Por consiguiente no sabríamos cómo medir las propiedades correspondientes ni, por lo tanto, cómo poner a prueba la verdad de la fórmula.”

La otra crítica va dirigida al politólogo James J. Rosenau, quien “sostiene que la inestabilidad y la turbulencia políticas son similares a los fluidos y, más aun, que satisfacen la teoría del caos (dicho sea de paso, no hay tal teoría, sino un conjunto de casos aislados). Pero no escribió ni, por lo tanto, resolvió, ninguna ecuación diferencial, o en diferencias finitas, que represente procesos políticos: todo lo que hizo fue usar una palabra de moda. Courney Brown (1994), otro politólogo, escribe algunas ecuaciones, pero éstas involucran dos variables claves –niveles de interés público y daño ambiental- que no define, de modo que sus ecuaciones son puramente ornamentales.”

Revisa otros ejemplos, y al final añade: “Todos los ejemplos anteriores son ejercicios de estenografía o de empleo de palabras prestigiosas: no son ejemplos de teorías matemáticas precisas. Todo lo que hay en ellos es adorno sin sustancia. O sea, se trata de pseudociencias.”

Entonces tenemos que hay dos problemas: la reticencia de algunos en abordar científicamente algunos temas, y el mal uso de las matemáticas en ciertos “estudios”.

Regresemos a lo escrito por Martín Bonfil en su columna. Afirma “muchas veces ha sido la belleza o ‘elegancia’ de una teoría –su simplicidad, su armonía, simetría...- lo que ha convencido a los científicos de su corrección, incluso antes de tener pruebas. Watson y Crick, al descubrir la estructura en doble hélice del ADN, afirmaron que ‘era demasiado bella para no ser cierta’.”

Para terminar mencionaré un ejemplo de un científico que se vio perturbado por sus descubrimientos porque no iban de acuerdo con la idea que tenía de belleza.

Johannes Kepler despreció las leyes por él descubiertas. Consideraba elegante y bello que los planetas giraran en círculos alrededor del Sol. Kepler (por indicaciones de Tico Brahe) estudia la órbita del planeta Marte, este planeta tiene una órbita pronunciadamente elíptica. Supuso que ese trabajo le llevaría poco tiempo, la verdad es que por años luchó por llegar a su meta. Finalmente se dio cuenta de la verdadera forma de la órbita, en la Nueva Astronomía anotó:

“La conclusión es bien sencilla: la órbita del planeta no es un círculo, sino que se curva hacia adentro por ambos lados y hacia fuera en los extremos opuestos. Semejante curva es un óvalo. La órbita no es un círculo, sino una figura oval.”

Esto no hacía sino terminar con el bello sistema de órbitas circulares, por ello es que refiriéndose a su trabajo afirmó que se trataba de ¡carretadas de estiércol!

En Los sonámbulos, Arthur Koestler escribe:

“Para Kepler esta órbita ovalada constituye un terrible nuevo punto de partida. Estar harto de ciclos y epiciclos y burlarse de los serviles imitadores de Aristóteles es una cosa, pero asignar a los cuerpos celestes una senda enteramente nueva, ovalada, improbable, es otra muy distinta.

“¿Por qué, realmente, un óvalo? En la perfecta simetría de esferas y círculos hay algo que habla profunda y tranquilamente al inconsciente; si no fuera así, tal concepción no habría sobrevivido dos milenios. Al óvalo le falta esa atracción arquetípica. Tiene una forma arbitraria. Deforma aquel eterno sueño de la armonía de las esferas que está en el comienzo de toda la investigación celeste. ¿Quién eres tú, Johannes Kepler, para destruir la simetría divina? Todo cuanto puede decir en su defensa es que, habiendo limpiado los establos de la astronomía de los ciclos y espirales, él dejó detrás de sí ‘solo una carretada de estiércol’: el óvalo.”

Koestler afirma que entonces Kepler, para explicar este tipo de órbita, “recurre al antiguo remedio de charlatanes de que precisamente acaba de abjurar, ¡el remedio de un epiciclo! Por cierto que se trata de un epiciclo con una diferencia: reconoce una causa física. Ya dijimos antes que para Kepler mientras la fuerza del Sol empuja al planeta alrededor de sí en un círculo, una segunda fuerza contraria, ‘propia del planeta mismo’, lo hace girar en un pequeño epiciclo y en dirección opuesta. Todo esto le parece a Kepler ‘maravillosamente plausible’, pues la resultante del movimiento combinado es en verdad un óvalo.”

lunes, junio 15, 2009

Magia, charlatanería y cáncer
(Tercera parte)


Por Luis Benítez Bribiesca

Las verdades a medias; dietas, vitaminas y vacunas

La difusión de los avances científicos en los medios masivos de comunicación y en publicaciones no científicas ha permitido su acceso al público lego. Así, el charlatán moderno o el médico sin escrúpulos pueden usar parte de esa información, producto del quehacer científico, tergiversada y convertida en dogma. En el terreno del cáncer esto es particularmente cierto respecto al uso de vitaminas, a las bondades de ciertos recursos dietéticos y desgraciadamente también al uso de vacunas o supuestos “estimulantes de la inmunidad”.

El gran investigador y humanista Linus Pauling, ganador dos veces del premio Nobel, la primera por sus aportaciones científicas a la medicina y la segunda por sus promociones en pro de la paz, propuso hace más de diez años la hipótesis de que la ingesta de megadosis de vitamina C podría ser de gran utilidad para la prevención y curación de algunos padecimientos: así se inició toda una tendencia terapéutica conocida como vitaminoterapia en megadosis. Este autor preconizaba que el aporte de grandes cantidades de vitamina C (que es incapaz de sintetizar el ser humano) era esencial para fortalecer y estimular al aparato inmune en contra de multitud de enfermedades, tanto degenerativas como virales. En particular, Pauling y su grupo afirmaban que algunos padecimientos como la gripe podrían ser evitados con dosis altas de vitamina C (entre 6 y 8 gramos diarios) y que enfermedades como el cáncer avanzado podrían ser mitigadas e inclusive detenidas con estas mismas aportaciones diarias de vitamina C. 11 Hasta el momento, numerosos estudios, realizados tanto en el laboratorio como en pacientes oncológicos, no han podido demostrar que exista algún beneficio con la administración de vitaminoterapia C a megadosis en pacientes con cáncer. 12 A pesar de esto, ya se han publicado varios libros para el público en general donde se asegura que la vitaminoterapia C es benéfica para tratar el cáncer. 11.13 Si bien es cierto que la megadosis de vitamina C no produce efectos secundarios adversos y que por tanto es inocua (excepto en algunas condiciones metabólicas hereditarias), sólo puede usarse como tratamiento complementario y nunca como sustitutivo de los tratamientos ortodoxos. 14.16

Más recientemente se ha descubierto que la vitamina A, y en particular los carotenos y ácidos retinoicos, tienen un efecto antineoplásico, tanto preventivo como curativo. Es probable que el efecto de los ácidos retinoicos y carotenos sea más específico que el de la vitamina C y que en efecto pueda desempeñar algún papel auxiliar en el tratamiento de ciertos tumores malignos. 17 Sin embargo, los estudios experimentales y clínicos de su efecto antineoplásico todavía se encuentran en pañales. Es probable que en un futuro tengamos resultados comprobables para saber hasta qué punto estas sustancias realmente contribuyen al control de las neoplasias malignas. Por lo pronto sólo se realizan algunos protocolos de investigación clínica, pero no existe prueba alguna de los tratamientos basados en el uso de las megadosis de vitamina A puedan tener efectos curativos contra el cáncer. Al igual que con la vitamina C, el público lego ha tomado estos tratamientos y los charlatanes modernos los han propuesto y vendido como parte del tratamiento “dietético del cáncer”. Algo semejante ha ocurrido con la vitamina E, la D y algunas fracciones de la B, ya que todas ellas son importantes para el metabolismo normal, pero nadie sabe con certeza si pueden tener efectos anticancerosos.

Otro capítulo de gran interés es el de la dieta propiamente dicha. Desde que Burkitt descubrió en África que la dieta es un factor determinante en la aparición de algunos cánceres gastrointestinales, en particular en el cáncer de colon, se abrió el camino de la investigación bromatológica en la cancerogénesis. Se ha demostrado que en los sujetos que ingieren una dieta rica en fibra no digerible y que tienen evacuaciones frecuentes, el cáncer de colon es excepcional; por el contrario, aquellos individuos que comen alimentos muy refinados, con poca fibra, y que tienen constipación, son más propensos a desarrollar cáncer de colon. También se ha observado que algunas dietas tienen relación con la mayor incidencia de ciertos cánceres; esto ocurre con las dietas ricas en carnes ahumadas, como las que se consumen en Islandia, en países nórdicos de la zona de Siberia y en Japón, donde el cáncer gástrico es muy frecuente. De lo anterior se deduce que la dieta es también un factor determinante en la génesis del cáncer gástrico.

Los hechos que se han mencionado tienen indudablemente valor científico, ya que han sido estudiados con todo el rigor del método experimental; pero su difusión al público lego ha permitido que los astutos embaucadores hayan comercializado estos conceptos estableciendo clínicas dietéticas que pretenden prevenir y curar el cáncer, simplonamente con lo que han llamado “sistema naturista”, donde se incluyen alimentos de origen vegetal, vitamina y abundante fibra no digerible. Si bien es cierto que estas dietas son sanas, adecuadas para la mayoría de los individuos y que verdaderamente evitan ciertas complicaciones, como la constipación o la hipercolesterolemia, no es posible afirmar que el solo tratamiento dietético sea preventivo, ni menos curativo, para la enfermedad neoplásica. Recordemos que la interacción entre los factores genéticos y los factores ambientales son los que en un momento dado permiten que se desarrolle el cáncer clínico. La dieta es un método auxiliar, pero nunca curativo; es verdad que pueden disminuirse los riesgos de la aparición de ciertas neoplasias malignas cambiando algunos hábitos sociales, como el tipo de alimentación, o el hábito de fumar, que tiene relación directa con el cáncer pulmonar.

Otra de las semiverdades que esgrimen los charlatanes científicos es que el paciente con cáncer desarrolla una respuesta inmune defectuosa que puede estimularse con vacunas o productos similares y así detener el crecimiento de neoplasias malignas. Desde principios de siglo, Ehrlich fabricó vacunas contra las neoplasias que probó de manera experimental en animales de laboratorio, pero que ahora se sabe que son ineficaces. En la actualidad se conocen numerosos métodos para estimular el aparato inmunológico que caen dentro del concepto de vacuna, pero además existen otros como el factor de transferencia, los interferones, las intereleucinas, el factor de necrosis tumoral y algunos más. 18

Basados en la información anterior, ciertos médicos y biólogos sin escrúpulos, medianamente informados del proceso inmunológico en el paciente con cáncer, han pretendido elaborar “vacunas” contra el cáncer, que ponen a la venta al público. Estos profesionales fabrican “vacunas” haciendo una especie de homogeneizado (licuado) de varios tumores malignos; el líquido obtenido lo inyectan a animales experimentales de los que obtienen semanas después un suero que pretende ser una vacuna contra “todos los cánceres” (polivalente). Este suero, que en general se envasa en condiciones sanitarias inadecuadas, lo aplican a pacientes con cáncer para “curarlos” y, lo que es peor, a sus familiares, a quienes se les dice que quedarán inmunes contra la enfermedad. Lo absurdo e inmoral de este procedimiento es evidente; no se trata de magia o charlatanería pura, es un método para adquirir notoriedad y con ello explotar al paciente.

Cuando un profesional de la medicina cargado de títulos y diplomas le asegura al angustiado paciente canceroso y a sus familiares que su “vacuna” lo curará del mal, los pobres enfermos no pueden dudar de la excelencia de su médico ni de lo eficaz del tratamiento. No contentos con engañar a los pacientes, algunos médicos han presentado sus supuestos “estudios experimentales de vacunación anticancerosa” en prestigiadas agrupaciones médicas y publicado sus resultados en revistas especializadas para embaucar también al gremio médico. 19.20 Debe recordarse al público lego que a pesar de numerosos esfuerzos e intentos para lograr una vacuna contra el cáncer en los centros de investigación más avanzados del mundo, esto no ha sido posible. Hasta la fecha todas las vacunas anticancerosas que se venden en el mercado son un fraude y representan un peligro para la salud.


El cáncer es una enfermedad de origen mental

Desde que se conoció la importancia de los procesos mentales en las reacciones biológicas del cuerpo humano dentro del capítulo de las enfermedades psicosomáticas, se ha pensado que la mente debe ejercer una influencia decisiva sobre la aparición y el curso de la mayor parte de las enfermedades humanas. El concepto de “stress” y el de la llamada “reacción general de adaptación”, que propuso Hans Selye hace casi 60 años, parecen confirmar la estrecha relación entre los estados psíquicos de alarma y los procesos puramente orgánicos o somáticos de la enfermedad. 21 La mayoría de los investigadores biomédicos negaron en forma sistemática tal relación, por considerar que no existían las bases científicas adecuadas para probarla, en particular, en relación al cáncer. Hasta hace pocos años nadie consideraba que la mente pudiera tener alguna participación de su génesis o evolución.

Algunos psicoanalistas llegaron a proponer que el cáncer era una somatización de conflictos, complejos de culpa y deseos de autocastigo no resueltos, hipótesis que ofrecía muy pocas probabilidades de encontrar algún apoyo experimental, y menos aún de demostrar algún efecto terapéutico. Muchos individuos oportunistas que tuvieron acceso a esta literatura psiquiátrica vieron una oportunidad de oro, y se dedicaron a elaborar “teorías” para explicar la génesis del cáncer y tratamientos mentales acordes con esos principios. Así surgió un número impresionante de pseudomédicos y charlatanes que pretendían curar el cáncer con métodos psicológicos de diversa índole, desde las técnicas psicoanalíticas puras, pasando por las hipnóticas, hasta las meramente de manipulación mágica.

Recientemente se demostró que en efecto existe una correlación indisoluble entre la esfera mental y la esfera somática. Es indudable que se ha integrado ya la especialidad conocida como psiconeuroinmunología, que estudia precisamente el efecto de las alteraciones mentales sobre el aparato inmune. 22 Desde hace mucho tiempo se había observado que hay personalidades o estados mentales que hacen más o menos susceptible al individuo a ciertos padecimientos. Quizá no existía la metodología adecuada para que en las épocas de Selye y sus colaboradores se demostrasen estos hechos en forma conveniente; sin embargo, en la actualidad es posible constatar que algunos estados mentales (depresión, angustia, etcétera), por medio de la estimulación y secreción neuroendocrina, pueden influir sobre la función de los diferentes componentes del aparato inmune. La inhibición de este sistema de defensa, o aparato inmunológico, facilita la aparición de algunos padecimientos, entre otros el cáncer; es ahora evidente que algunos factores psicológicos puedan influir como moduladores del curso de la enfermedad cancerosa. 23.24 No es de extrañar que esta información se haya usado a medias y falseada, así como ocurrió con las dietas y vitaminas, para postular la cura universal y mágica del cáncer. Una cosa es que el sujeto con cáncer presente alteraciones psicológicas, y que su tratamiento mejore las condiciones del paciente, y otra cosa muy diferente que el cáncer tenga un origen y un tratamiento exclusivamente psicológico. Aquí es donde la manipulación mercadotécnica y falaz hace caer a muchos incautos y los mantiene en tratamientos que no lograrán en forma alguna detener su enfermedad ni menos curarla.

En México existen por lo menos dos libros, publicados por autores que se ostentan como médicos, que pretenden venderle al sujeto canceroso la idea de que su enfermedad es psicosomática y que tiene cura. 24.25 Ni en los hospitales oncológicos ni en la literatura científica internacional se conoce algún caso curado con estos métodos y si, por el contrario, recibimos muchos sujetos que llegan tardíamente al tratamiento por haber recurrido por meses o años a estos engañosos métodos pseudocientíficos.


REFERENCIAS

11 Cameron, E. Y L. Pauling, Cancer and Vitamin C, Warner Books Inc. 1a. Ed., New York, 1981.
12 Creagan, E.T., Ch.G. MOERTEL, J.R. Fallon, A.J. Scutt, M.J. O’Connell, J. Rubin y S. Frytak, “Failure of Hogh-Dose Vitamin C (Ascorbic Acid) Therapy to Benefit Patients with Advanced Cancer”, New Engl. J. Med., vol 301, 1979, pp. 687-690.
13 Pauling, L. , “Vitamin C Therapy of Advanced Cancer”, New Engl. J. Med., vol 302, 1980, p. 694.
14 Moertel, Ch. G. y E.T. Creagen, “Vitamin C Therapy of Advanced Cancer”, New Engl. J. Med., vol 302, 1980, p. 694.
15 Rossman, M.L. y S.S. Brostoff, “Vitamin C for Cancer”, New Engl. J. Med., vol 302, 1980, p. 298-299.
16 Cameron, E., “Vitamin C for Cancer”, New Engl. J. Med., vol 302, 1980, p. 299.
17 Benítez Bribiesca, L., “El papel de la vitamina A en la prevención del cáncer”, Oncología, vol 1, 1986, pp. 28-32.
18 Luévano, E. y L. Benítez Bribiesca, “Inmunología y cáncer”, Rev. Med. del IMSS, vol. 24, 1986, pp. 299-313.
19 Curiel, J.J., “Etiología del cáncer”, Cirugía y cirujanos, vol. 51, núm. 4, 1983.
20 Curiel, J.J., “Avances de la inmunoterapia y prevención del cáncer”, Cirugía y cirujanos, vol. 51, núm. 5, 1983.
21 Guillemin, R., “A Personal Reminiscence of Hans Selye”, Lab. Invest., vol. 48, 1983, p. 367.
22 Riley, V., “Psichoneuroendocrine Influences on Inmunocompetence and Neoplasia”, Science, vol. 212, 1981, pp. 1100-1109.
23 Holden, C., “Cancer and the Mind: How are they Connected?”, Science, vol. 200, 1978, pp. 1363-1369.
24 Sklar, L.S. y H. Anisman, “Stress and Coping Factors Influence Tumor Growth”, Science, vol. 205, 1979, pp. 513-515.
25 Alvarez-Simó, C. “Cancerosos Anónimos”, El cáncer: enfermedad psicosomática, Ed. Costa-Amic, México, 1982.

domingo, junio 07, 2009

Magia, charlatanería y cáncer
(Segunda parte)

Por Luis Benítez Bribiesca


La charlatanería clásica y el cáncer

Se supone que la palabra charlatanería deriva del termino charlar, que a su vez encuentra origen en la palabra italiana ciarlare, que significa conversación vacua, sin sustento y totalmente intrascendente. Respecto a la medicina, un charlatán es un individuo dedicado a embaucar a los enfermos con su charla y argumentos fatuos, para vender o promover medicamentos o sistemas de curación que no tienen sustento ni apoyos científicos.

El charlatán es un simpático personaje que apareció probablemente desde la Edad Media en casi todas las culturas; hasta la fecha, en muchos pueblos, incluyendo los de países desarrollados, se encuentran ejemplos folclóricos de estos individuos en las plazas, mercados y en los tianguis. En nuestro país es común escucharlos, tanto en las grandes ciudades como en los pequeños poblados, promoviendo, en forma muy eficaz y con una locuacidad realmente envidiable, sus diversos métodos de curación, que pueden ser desde las hierbas más tradicionales hasta los sistemas más absurdos para curar todo tipo de enfermedades. Estas personas por lo general tienen poca o nula escolaridad, pero gozan de una habilidad innata para convencer y sugestionar a la gente con la que tratan; existen prácticamente de todos los niveles: desde el charlatán del mercado popular, hasta aquel que tiene consultorios y sucursales establecidas, con propaganda escrita y distribuida por correo. De estos últimos se conocen en México multitud de ejemplos, que se anuncian en la radio y en los periódicos de mayor circulación.

Quizá la mejor descripción literaria, musical y artística de un charlatán se encuentra en la deliciosa ópera cómica de Gaetano Donizzetti intitulada L’Elisir D’Amore. Un supuesto “médico” de nombre Dulcamara llega a la plaza del poblado donde se encuentra el ingenuo Nemorino; este joven, enamorado fatalmente de la rica y bella Adina, queda convencido de las grandes dotes del “dottore”, ante la ostentación de su gran sabiduría y de la bondad y esplendidez de sus productos curativos. El “doctor” Dulcamara describe claramente su proceder y sus atributos en una bella y jocosa aria que inicia con las palabras “Udite, udite o rustici...”, y que dice así:

“Oíd, oíd, campesinos
poned atención
y no hagáis ruido.
Doy por supuesto e imagino
que lo mismo que yo,
sabéis
que soy aquel gran médico,
doctor enciclopédico,
llamado Dulcamara,
cuya virtud preclara
y las maravillas infinitas
son conocidas en todo el
mundo y parte del
extranjero;
benefactor de los hombres,
reparador de los males.
En pocos días, yo vacío
los hospitales
y voy vendiendo
salud por doquier.

Compradla, compradla,
os la doy por poco.
Este odantálgico,
maravilloso licor,
de topos e insectos
es potente destructor,
cuyos certificados
auténticos, sellados,
tocar, ver y leer
a quien quiera dejaré.
Gracias a este mi
“específico”,
simpático, curalotodo,
un septuagenario
todavía se convirtió
en abuelo de diez niños.
Gracias a este “toca y sana”,
en pocas semanas más,
una viuda afligida
dejó de llorar.

O vosotras, rígidas
señoronas,
¿querríais rejuvenecer?
vuestras arrugas molestas
con esto suprimiréis
¿queréis, muchachas
tener suave la piel?
¿Vosotros, jóvenes galantes,
tener siempre amantes?
Comprad mi “específico”
os lo doy por poco.

Mueve paralíticos,
sana a los apopléjicos,
a los asmáticos,
a los que se ahogan,
a los histéricos, diabéticos,
cura a los sordos,
escofulosos y raquíticos,
e incluso el mal de hígado
que tan de moda está.
Comprad mi “específico”
os lo doy por poco.
Lo he traído por el correo
desde miles de millas.
Me preguntaréis, ¿cuánto
cuesta?,
¿cuánto vale la botella?
¿cien escudos...
treinta... veinte?...

(Traducción del libreto en italiano de la ópera L’Elisir D’Amore de Gaetano Donizzeti, Ed. Daimon, 1983.)

Una vez que este hábil y simpático charlatán convence a la población de que el remedio que ofrece es infalible y de que vende su producto por un precio irrisorio, el ingeniero Nemorino se le acerca para preguntarle si no trae, además de su maravilloso medicamento, el famoso elíxir de amor que le permitió a Tristán conquistar a la mujer de sus sueños, que era Isolda. Dulcamara no puede quedarse callado, ni negar que conoce el elíxir; saca entonces una botella de vino de Burdeos y se lo ofrece como el auténtico “Elíxir del Amor”. Nemorino, deseando fervientemente convencer a Adina, lo compra, lo ingiere rápidamente de tal manera que se embriaga, y así obtiene el valor, la energía y, quizá, la simpatía para conquistar el amor de su vida. En esta forma se realiza lo que parecía imposible: que el ingenuo y pobretón de ese pueblecito conquistara a la chica más bella y más rica del poblado. La moraleja de esta deliciosa obra musical es que el charlatán es capaz de vender ilusiones, que a veces se realizan. Nemorino probablemente nunca supo que lo que le vendió el doctor Dulcamara era una simple botella de un buen tinto de Burdeos; él siempre estuvo convencido de que gracias al “Elíxir” obtuvo la aceptación de Adina. Esta historia se repite con los Dulcamaras típicos de nuestros tiempos que prometen “las perlas de la virgen”, y en verdad es el crédulo paciente quien, sin saberlo, realiza el milagro del efecto.

Muchos inocentes creen a pie juntillas que al ingerir una hierba, una poción o adquirir un amuleto de éstos tan hábiles embaucadores obtendrán el efecto que ellos buscan. En verdad, lo que adquieren es un poco de confianza, algo de valor o de entereza para afrontar sus problemas y así con frecuencia los resuelven. No debemos ignorar, por supuesto, que la confianza o sugestión, que es parte integral del pensamiento mágico, puede ejercer verdaderos efectos curativos en la enfermedad psicosomática, tema que será discutido más adelante.

El charlatán se distingue fácilmente del mago. El primero es un individuo por lo genral inculto, que aprovecha su habilidad y locuacidad para convencer a la gente de que compre sus pociones y medicamentos de cuya utilidad él mismo muchas veces no está convencido. Este individuo es por lo general un nómada, que va d epueblo en pueblo o de mercado en mercado, porque sabe perfectamente que puede recibir reclamos de los insatisfechos, lo que no le conviene para su fama y prestigio. En cambio, el mago, cuyo origen se encuentra probablemente en el Medio Oriente, hace casi 4000 años, cree con firmeza que su sabiduría emana de dioses o fuerzas sobrenaturales y que mediante rituales simbólicos de purificación o de dominio puede influir en el destino y naturalmente en la salud de los individuos; recordemos que el mago era el científico de la época hace algunos milenios. 3 En forma paulatina, el mago y toda la doctrina mágico-religiosa se separaron de la ciencia hasta obtener su divorcio definitivo, cuando el método científico se entronizó para el estudio objetivo y experimental de los fenómenos biológicos y humanos. El único contacto que podemos ver entre el charlatán y el mago es que el primero utiliza a veces algunos sistemas mágicos, como los amuletos o algunas hierbas a las cuales se les atribuyen no tanto acciones curativas sino efectos sobrenaturales sobre el carácter y la personalidad del individuo, en ese juego eterno entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal; de ahí la magia negra y la magia blanca. De cualquier manera, la magia y la charlatanería por desgracia se emplean con mucha frecuencia para tratar enfermedades graves, entre ellas el cáncer, que claramente reclaman de medidas más enérgicas y directas.


La charlatanería moderna

Pero todo evoluciona y magos y merolicos han cambiado ropaje y procedimientos para encontrar acomodo en la nueva sociedad. En la actualidad el típico charlatán de Donizzeti, que continúa su labor en las plazas públicas y los mercados, es despreciado por una nueva estirpe que presume de tener más cultura, que ostenta títulos universitarios de licenciatura (como de biólogo o de médico), que pretende usar métodos científicos y trabajar en laboratorios supuestamente de investigación, pero que engaña al público en la misma forma que aquél. A estos nuevos personajes se los puede catalogar como de “charlatanes modernos”, y a ellos debe imputárseles la máxima responsabilidad de práctica fraudulenta, porque son personas con información y educación superior.

El avance científico y tecnológico de nuestro siglo ha empujado a muchos embaucadores a incorporar parte de la jerga científica a su quehacer diario; pero al final, siguen siendo los mismos de siempre. Lo que es más alarmante es que así se ha creado el nuevo tipo de charlatán, que podemos calificar de “científico”. Estos individuos adquieren una información relativamente moderna y usan términos técnicos que impresionan al público lego y a veces hasta al gremio profesional. La característica general de estos sujetos es que posan como grandes médicos o investigadores, y siempre aparecen como víctimas de la incomprensión de las instituciones oficiales que se dedican a la investigación oncológica. Se lamentan de que, a pesar de sus grandes esfuerzos por lograr la ayuda de las universidades o de los institutos gubernamentales, no han encontrado ese respaldo por envidia o celo profesional. Se dicen entonces portadores de un gran descubrimiento científico, único en el orbe, que sólo ellos pueden poner a disposición del público. Dentro de este bien calculado marco escenográfico, se desarrolla su quehacer charlatanesco para la cura del cáncer y otras enfermedades graves, con el único propósito de obtener cuantiosos beneficios económicos.

Ya que en la literatura existen múltiples ejemplos de estos charlatanes científicos y que analizar este aspecto con detalle haría este escrito tedioso y extenso, me referiré a los ejemplos más notables que han ocurrido en el vecino país del norte y que, por razón de contigüidad geográfica, nos han afectado en los últimos años.

Desde principios de siglo en Estados Unidos se estableció un sistema para el control adecuado de la comercialización de los medicamentos, que en un principio de llamó la Oficina Química (Bureau of Chemistry) y después de denominó la Administración de los Alimentos y de las Drogas (Food and Drug Administration, FDA). Curiosamente, la evolución, estructuración y refinamiento de los procedimientos de este organismo tuvieron lugar como consecuencia de la investigación de supuestas drogas y tratamientos contra el cáncer que proliferaban en el vecino país.

Quizás el remedio más famoso en esa época fue el propuesto por el pseudomédico Jonson, en la ciudad de Kansas, que aseguraba que el cáncer era una enfermedad curable, pero únicamente con su método, que vendía caro. Posteriormente, entre 1940 y 1950, otro curandero, que se decía médico, publicó un libro titulado Usted no tiene que morir, y proponía el llamado tratamiento Hoxsey, que consistía en dos productos principales: “a “medicina color de rosa” y la “medicina negra”. La primera contenía sólo pepsina lactada y yoduro de potasio y la segunda estaba compuesta por un laxante con extracto de cenizas de corteza espinosa, de corteza de árbol de tanino, fitolaca, alfalfa, y algunas otras hierbas. Según Harry Hoxsey, su abuelo había descubierto esa fórmula cuando observó que uno de sus caballos que tenía cáncer (?) en una pata se curó con una pastura que contenía gran parte de los ingredientes descritos (¡valiente argumento!); así convenció a la gente. Sus medicamentos se hicieron tan famosos que este individuo fundó varias clínicas donde se ofrecían “paquetes” que consistían en un examen médico, realizado por un médico osteópata, algunas pruebas de laboratorio de sangre y orina, el diagnóstico oncológico (por supuesto sin biopsia) y luego la prescripción del tratamiento para el cáncer que se tuviese. En aquella época el “paquete” costaba 400 dólares y se calcula que llegaron a tratarse más de diez mil personas con ese sistema. Es obvio que no existe ninguna prueba de que el tratamiento Hoxsey tuviera algún efecto curativo, pero sí uno muy bueno como negocio.

Después de un litigio que duró casi diez años, el tratamiento Hoxsey fue prohibido en EE.UU. alrededor de los años sesenta; para entonces ya había redituado más de 50 millones de dólares a la empresa. El tratamiento había traspuesto ya las fronteras, y aun después de su prohibición en aquel país, continuó vendiéndose en México sin restricción alguna.

Alrededor de 1940, William F. Koch llevó a cabo uno de los grandes fraudes en el tratamiento del cáncer en Estados Unidos. Koch ostentaba un título de médico de Detroit y fundó lo que llamó la “Liga Cristiana para la Investigación Médica”. El tratamiento lo administraba él mismo, como es común para todos los charlatanes, tanto de la vieja como de la nueva estirpe, en frascos bien etiquetados, en donde por supuesto se omitía la fórmula del compuesto. Las autoridades encargadas de analizar estos productos encontraron que sólo contenía agua destilada pura. Sin embargo, miles de incautos creyeron en las virtudes que les atribuía el falso doctor; éste condujo su sistema de mercadotecnia y de propaganda en forma muy inteligente y pudo vender su producto a 25 dólares cada ámpula, y en ocasiones llegó a cobrar hasta 300 dólares por una sola inyección. ¡Otro gran negocio a expensas del pobre canceroso! Después de un prolongado juicio en 1948, el doctor Koch se retiró a Brasil donde murió pocos años después en la opulencia. Una vez más la credulidad y la ceguera humanas ante una dolencia tan decepcionante como el cáncer había triunfado sobre la ciencia.

Después que los tratamientos de Hoxsey y de Koch fueron legalmente anulados, apareció otro medicamento, si se le puede llamar así, que venía con un aura de seriedad y de respaldo de misteriosos laboratorios de investigación; a ese medicamento se le conoció como Krebiozen. Se decía que se había obtenido del suero de caballos inoculados con una levadura que causa una infección equina bien conocida por los veterinarios.

Lo más sobresaliente del Krebiozen es que estaba avalado nada menos que por el famoso doctor Andrew Ivy, de la Universidad de Illinois, asociado con Stephan y Marko Durovic, emigrantes yugoslavos, quienes decían haber realizado su descubrimiento en Argentina. Cuando el doctor Ivy hizo el anuncio de sus descubrimientos y de su colaboración con estos dos pseudocientíficos en una conferencia de prensa en 1951, sus colegas universitarios y la comunidad científica se indignaron, y la Asociación Médica Estadounidense lo expulsó de su seno; pero el prestigio del doctor Ivy se difundió rápidamente y logró incidir en la frágil credibilidad de los pacientes con cáncer. De nuevo sus sistema de venta y de convencimiento fue tan efectivo que para muchos este médico se convirtió en un verdadero héroe de la humanidad. Fue hasta 1963 cuando la FDA pudo analizar en forma completa una de las muestras del medicamento; encontraron que la única sustancia activa que contenía era el monohidrato de creatina, un aminoácido que se encuentra en casi todos los tejidos animales y que por supuesto no tiene ningún valor como sustancia para tratar el cáncer. A pesar de varias solicitudes de la agencia gubernamental para consultar la forma de producción del producto, esto nunca pudo llevarse a cabo, ya que sus promotores decían que todo el medicamento se importaba de Argentina.

Cuando el doctor Ivy y sus socios yugoslavos fueron llevados a juicio por fraude y conspiración, se desató una verdadera revolución de protesta de sus seguidores, lo que hizo que el juicio se retrasara y que en un par de ocasiones fueran declarados inocentes; a pesar de esto, el éxito del Krebiozen se derrumbó. Stephan Durovic de pronto salió de Estados Unidos y se refugió en Suiza, donde tenía cuentas bancarias suculentas. Marco Durovic, el hermano abogado, estuvo varios años en litigio con el Servicio de Hacienda de los Estados Unidos y murió en 1976. Por último, el doctor Ivy continuó administrando el tratamiento de Krebiozen en su oficina en Chicago, después de haberle cambiado el nombre a Carcalon; según él, éste era un producto mejorado del original. 7 Este tristemente célebre médico murió en 1977. No es de extrañar que también ese medicamento apócrifo llegara a nuestro país y fuera usado en algunas clínicas, sobre todo en los estados fronterizos del norte.

Después un tal Philip Drosnes, vendedor de llantas, se asoció con su amiga Lilian Lazenvy, empleada de una cafetería, para fabricar una sustancia anticancerosa que llamaron Mucorisina, y que no era otra cosa que un extracto de trigo descompuesto por hongos contaminantes. Los astutos curanderos alegaban que su sustancia era un poderoso antibiótico, pero el análisis de la FDA demostró que el medicamento contenía abundantes hongos que podían ser patógenos y peligrosos, además de carecer de algún efecto antineoplásico. En aquella época no se sabía que algunos hongos como el Aspergillus producen sustancias cancerígenas potentes, conocidas como aflatoxinas. Desconozco si la Mucosarina ha sido examinada de nuevo para buscar estas sustancias productoras de cáncer, pues en caso de que las tuviera resultaría una paradoja que el medicamento propuesto como cura del cáncer fuera en verdad un agente productor de ese mal.

Otro curioso sistema de curar el cáncer fue ideado por un pseudosiquiatra llamado Wilhelm Reich, quien dijo haber descubierto una fuerza cósmica indefinida que llamó “energía orgónica”. Así, se dedicó a construir acumuladores de “orgona”. Estos eran unas cajas donde los pacientes debían pasar un determinado tiempo para absorver la inexistente “orgona”, acumulada con este curioso aparato, para aniquilar el cáncer. 7 Esta idea de capturar y utilizar energía cósmica se ha repetido en diferentes versiones, como son el uso de las pirámides o de las pulseras de ciertas aleaciones de cobre que ahora la gente compra por centenares.

Quizás el medicamento que ha causado mayores problemas, tanto desde el punto de vista médico como desde el punto de vista legal, es el conocido como Leatrile o Amigdalina. Las bondades de este medicamento se pregonan todavía en forma muy activa; se dice que es una vitamina, a la que se le denomina vitamina B17, y que es el medicamento más efectivo para tratar el cáncer. Fue preparado por un doctor Ernst Krebs, quien desde principios de siglo se dedicó a fabricar una serie de medicamentos fraudulentos. El jarabe de lectinol era un medicamento polivalente (servía para todo); después vino el jarabe BAL-SA-ME-A y otro que se llamó Mutágeno y que era únicamente una enzima recién descubierta, conocida como quimiotripsina, y que carece de efecto contra los tumores malignos. Este sujeto promovió y vendió todos estos medicamentos, pero al final las agencias oficiales los prohibieron. Por último, fabricó el Leatrile, una sustancia que se obtenía de la semilla de durazno.

El doctor Krebs y su hijo iniciaron el negocio del Leatrile en forma aparentemente muy inocente, por medio de la “Fundación a la Memoria de John Beard”. No contentos con haber producido la hipotética vitamina B17, también elaboraron otro producto que denominaron vitamina B15 o ácido pangámico. Después de numerosas investigaciones acuciosas las autoridades de la FDA demandaron judicialmente a los fabricantes del supuesto medicamento anticanceroso. 7 Como en el caso de Hoxsey, sus numeroso seguidores hicieron tumultuosas reclamaciones testimoniales, por lo que el caso tuvo que revisarse en repetidas ocasiones; se necesitó del apoyo del Instituto Nacional de Cáncer en Washington y del Sloan Kettering de Nueva York para que repitieran y extendieran los estudios experimentales sobre esa sustancia, no porque la FDA no estuviera convencida de su ineficacia sino simplemente por la enorme presión del público, que pedía autorización para usar el medicamento en forma libre. 8,9 Mientras esto ocurría, tanto en Canadá como en México el medicamento hizo su aparición; de este lado del Bravo se construyeron clínicas fastuosas con los medios más modernos, con oncólogos formados en los métodos tradicionales de tratamiento oncológico, pero con el señuelo fundamental de ofrecer la magia del Leatrile, prohibido ya en Estados Unidos.

Como ocurre con los otros métodos mencionados, existen muchos individuos que afirman haber sido curados por medio del Leatrile. Todavía en 1977 el famoso Instituto Sloan Kettering publicó en el Journal of Surgical Oncology dos artículos de sendos experimentos realizados en animales con tumores trasplantables y en otros con tumores espontáneos para probar el efecto de la droga. El asunto se consideró de tanta importancia que se citó a una conferencia de prensa donde se explicó a los reporteros de los principales diarios estadounidenses las conclusiones de que esta sustancia no tenía ninguna acción anticancerosa. 10 Se calcula que hasta el momento sólo en EE.UU. se han tratado alrededor de 70 000 pacientes con este sistema; se ignora cuántos se han tratado en México, pero es probable que la cifra alcance varios millares.

Es evidente, con los datos que hemos aportado, que la charlatanería científica ha adquirido carta de naturalización, aun en países desarrollados y con amplia información científica y tecnológica, como es el vecino país del norte y algunos de Europa Central.


REFERENCIAS

1 Kardinal, C.G. y J.A. Yarbro, “A Conceptual History of Cancer”, Semin. Oncol., vol. 6, 1979, pp. 396-408.
2 Benítez Bribiesca, L., “Biología de la célula neoplásica. Su importancia para la oncología clínica.”, Rev. Med. IMSS, vol. 25, 1987, pp. 457-467.
3 Dumas, R.F., Historia de la magia, Plaza y Janés, S.A., Editores, 1ª Ed., Barcelona, España, 1973.
4 Margotta, R., Historia de la medicina, Editorial Novaro, S.A., 1ª Ed., México, 1972.
5 Lain Entralgo, P., La medicina hipocrática, Ediciones Castilla, 1ª Ed., Madrid, 1976.
6 Donizzeti G., L’Elisir D’Amore. Introducción al mundo de la ópera. Ed. Daimon, Barcelona, España, 1983.
7 Janssen, W.F., “Cancer Quackery-The past in the present.”, Semin. Oncol., vol. 6, 1979, pp. 526-536.
8 Newell. G.R., “Clinical Evaluation of Leatrile. Two Perspectives”. New Engl. J. Med., vol. 298, 1978, pp. 216-218.
9 Wade, N., “Leatrile at Sloan-Kettering: A Question of Ambiguity”, Science, vol. 198, 1977, pp. 1231-1234.
10 Smith, R.D., “The Leatrile Papers”, The Sciences, vol. 18, 1978, pp. 10-12.

martes, junio 02, 2009

Luis Benítez Bribiesca es Médico cirujano formado en la Escuela Médico Militar, se especializó en patología en diversas universidades del extranjero, en 1968 fundó el primer laboratorio de investigación oncológica en el Instituto Mexicano del Seguro Social, de igual forma, fue cofundador de la Escuela de Medicina de la Universidad Anáhuac. En el Centro Médico Siglo XXI él y su equipo han estudiado el cáncer cervicouterino.

En el número 82 (septiembre-octubre de 1988) de la revista Ciencia y Desarrollo publicó un interesante artículo en el que analiza casos de terapias fraudulentas que prometen curar el cáncer; anota Luis Benítez Bribiesca: "El avance científico y tecnológico de nuestro siglo ha empujado a muchos embaucadores a incorporar parte de la jerga científica a su quehacer diario; pero al final, siguen siendo los mismos de siempre. Lo que es más alarmante es que así se ha creado el nuevo tipo de charlatán, que podríamos calificar de 'científico'".

Le agradecemos mucho el permiso para publicar su trabajo (que por su extensión hemos divido en varias partes) en este blog.


Magia, charlatanería y cáncer
(Primera parte)


Por Luis Benítez Bribiesca


“No hay nadie más crédulo que aquel que sufre de alguna enfermedad. Urge legislar adecuadamente para evitar que al paciente le ofrezcan falsas esperanzas por medio de curas rápidas, con hechos falsos o con mezclas ineficaces, mientras su padecimiento progresa sin control...”
Discurso del presidente Taft al Congreso, EE.UU., 1991


Contrario a lo que el público lego pueda pensar, el cáncer como entidad nosológica definida, se conoce desde muchos siglos atrás. Es posible que Hipócrates o su escuela médica en el siglo V antes de Cristo la hayan identificado y sean los responsables de haberla bautizado con el término griego Karkinos, que quiere decir cangrejo. El cáncer, pues, se identifica simbólicamente con un cangrejo, aunque no tiene relación alguna con el signo astrológico del mismo nombre, como algunos pretenden. Pero no fue realmente sino hasta mediados del siglo XVIII que esta enfermedad pudo estudiarse científicamente y separarse de otras diversas que, aunque se le parecen, obedecen a causas muy diversas. 1

En nuestro siglo, y en particular en su segunda mitad, hemos sido testigos de un avance espectacular en las investigaciones sobre el cáncer. La experimentación biomédica ha penetrado hasta el ámbito molecular de la vida y de la patología, descifrando día a día el complejo código de este temible padecimiento que ya es en muchos países del mundo, como el nuestro, la segunda causa de morbiletalidad en adultos. En el terreno del diagnóstico, los métodos microscópicos, bioquímicos, inmunoquímicos e imagenológicos han acercado cada día más al paciente a la frontera deseada del “diagnóstico oportuno”; con esto es posible ofrecer tratamientos verdaderamente curativos para algunos tipos de cáncer. El uso de instrumentos cada vez más poderosos y precisos de radiación ionizante y de medicamentos específicos para algunas neoplasias proporcionan mayores esperanzas de sobrevida. La cirugía racional y menos mutilante ofrece resultados mejores y los nuevos métodos llamados de “terapia coadyuvante” completan el armamento de lucha contra el cáncer. Asimismo, la educación, los estudios epidemiológicos y el conocimiento de agentes ambientales con efecto carcinógeno permiten ya efectuar campañas preventivas bien fundamentadas y con resultados alentadores. Así, por ejemplo, las campañas de pesquisa oportuna de cáncer cervicouterino y las de antitabaquismo han comenzado a rendir frutos muy alentadores.

Lo más importante, quizás, es que ya se logró integrar un grupo de acciones entre métodos de diversas especialidades para llevar a cabo un tratamiento más completo y equilibrado del paciente oncológico; esto es lo que se conoce como tratamiento multidisciplinario. Además, la investigación básica del cáncer, que se ocupa de su biología celular, de su bioquímica, de la genética, de la inmunología, etcétera (fenómenos que por su complejidad parecían circunscribirse al reducto y lenguaje de los científicos de laboratorio), encuentran ya una vía directa de aplicación en la medicina oncológica de nuestros días. En verdad, quien se interese, aunque sea de manera superficial, en el vasto campo de la biología, quedaría sorprendido si conociera todo lo que se ha investigado sobre esta enfermedad tan compleja. Parece que por fin puede sostenerse una visión optimista para descubrir métodos adecuados para el control de la enfermedad en un futuro no muy lejano. 2

Pero cambiemos de postura y analicemos lo que le ocurre a un paciente con un cáncer avanzado. A este sujeto no le interesa si su enfermedad se debe a una alteración de un proto-oncogen, si su aparato inmune tiene menos células citotóxicas, si su tumor tiene receptores de estrógenos o si la invasión y siembra a distancia de las células malignas se debe a una secreción anómala de proteasas. Lo que quiere saber es si existe alguna forma de curarlo; de erradicar definitivamente su padecimiento maligno en ese momento. Él no puede esperar cuatro o cinco decenios para que los descubrimientos recientes de los laboratorios de investigación oncológica se traduzcan en un nuevo medicamento efectivo. El canceroso reclama una solución que le aliente y le dé esperanza y fe en los métodos terapéuticos.

Es indudable que numerosos cánceres, en su etapa inicial, son curables, pero por desgracia la mayoría de los pacientes acuden en etapas avanzadas. Los centros oncológicos no pueden proporcionar un pronóstico optimista ni preciso en esos casos, y un gran número de pacientes deberá recorrer el espinoso camino de tratamientos más o menos agresivos que, entre caídas y levantadas, podría cuando más prolongar su vida. No hay duda que todavía existe una gran discordancia entre los logros espectaculares de la investigación oncológica y los métodos disponibles para curar al enfermo con cáncer. La desesperanza e impotencia de médicos y pacientes para hacer algo radical ante el avance progresivo de la enfermedad maligna explica, y a veces hasta justifica, la búsqueda de métodos heterodoxos para controlar el mal.

La magia, la superchería y en particular la charlatanería constituyen las opciones desesperadas e irracionales de muchos cancerosos; pero lamentablemente existen individuos inmorales que los convierten en instrumentos de explotación de esos seres humanos en desgracia, dispuestos a pagar lo que sea porque alguien les asegura que serán curados.


La magia y la medicina

Es curioso, pero explicable, que el origen de la magia y la medicina sea similar; no fue sino hasta los siglos XV y XVI en que claramente se separaron las dos disciplinas. La ciencia propiamente dicha se desprendió de la magia con las aportaciones de Galileo, Newton y Copérnico; la medicina lo hizo después con Vessalius y los que le siguieron, al destronar los dogmas de Galeno. Desde entonces el estudio de la enfermedad se encauzó paulatinamente por el camino de la ciencia, y se transformó de un arte mágico-religioso en una amalgama de ciencias biológicas aplicadas al entendimiento y tratamiento de las dolencias humanas. Después de la decantación de los conceptos científicos, el componente mágico no desapareció del pensamiento humano; se mezcló con las religiones nuevas, se amalgamó con el pensamiento medieval y renacentista y, paradójicamente, se enriqueció por último con los conocimientos científicos, de los que tomó sólo algunos elementos, los más apropiados, para alimentar el misterio y el simbolismo del pensamiento mágico.

Desde Zoroastro en Persia, desde los sirios y caldeos, desde los egipcios y los griegos emanan las prácticas mágicas que en forma sorprendente se han conservado y muchas todavía están en uso. A pesar de que en la tradición judeocristiana la magia estuvo claramente prohibida (tanto en el antiguo como en el nuevo testamento), en sus rituales y fórmulas filosófico-teológicas existen multitud de nexos con esta faceta, tenazmente aferrada al pensamiento humano. 3

En cuanto a la práctica de la medicina, que durante muchas centurias estuvo engarzada al pensamiento mágico-religioso, no es de extrañar que fuese completamente empírica y que el médico o shaman de todas las culturas fuera un personaje al que se le atribuían conocimientos y poderes de mago o de brujo. En muchas circunstancias, las prácticas curativas las realizaba el mismo ministro de algún culto religioso y en el propio templo dedicado a la adoración de sus deidades. Quizás el ejemplo mejor documentado lo tenemos en el culto de Aesclepeios en Grecia.


El dios de la medicina, las limpias y las curas

En la cultura occidental, que tiene sus raíces en la cultura griega, el dios de la medicina ha sido considerado tradicionalmente como Esculapio o Aesclepeios. No es posible demostrar con certidumbre la existencia real de esta persona que fue divinizada después de muerta, tal como ocurriera con el egipcio Imhotet; de cualquier manera, según la leyenda, Aesclepeios, fruto de los amores de Apolo con la ninfa Coronis, llevó su habilidad de médico al extremo de resucitar muertos. Durante su permanencia en la Tierra procreó una descendencia numerosa: Panacea fue la hija conocedora de todos los remedios que curaba cualquier padecimiento; Higía fue nombrada para velar por la salud pública y encargada de alimentar a las serpientes sagradas; Telésforo, representado siempre con aspecto de niño, era el protector de los convalecientes; Podalirio era el médico militar y fue precursor de la psiquiatría, ya que diagnosticó el carácter mental de la enfermedad de Ayax, hijo de Telamón; finalmente el afamado cirujano Macaonte fue célebre por su valor en el combate. En honor a Aesclepeios se construyeron numerosos templos y se estableció un ritual quasi religioso. Sin embargo, este culto griego nunca tuvo tendencias dogmáticas ni abrigó miras políticas, y sus sacerdotes fueron ciudadanos comunes; nunca miembros de una casta exclusiva o divina, como ocurría con otros ministros de religiones más cerradas.

La práctica del culto de Aesclepeios se llevaba a cabo en los “Aesclepeiones” o “santuarios” dedicados al dios de la medicina. Los templos se multiplicaron con tanta rapidez que los autores clásicos mencionan casi 300 de ellos. Estas construcciones se erigían sobre todo en sitios agradables a la vista, de suerte que desde su interior pudieran contemplarse bosques, fuentes y manantiales de aguas minerales. Los más célebres santuarios fueron emplazados en el Peloponeso, en Cnido, en Cos, en Pérgamo, en Cirene, en Atenas y otros sitios más. En Epidauro existen todavía las ruinas del templo más célebre de este culto con los magníficos propileos construidos por Policleto. En el centro, cerca de la estatua del dios, que se describe como monumental, se encontraba el abatón, es decir el lugar de reposo de los enfermos. 4

Los enfermos que acudían a los santuarios para invocar el auxilio de Esculapio eran inmediatamente sometidos a una cura preventiva, consistente en baños y ayunos. Una vez purificados y dignos de aproximarse al altar se los admitía en el interior del abatón, pórtico techado y abierto en donde se tendían sobre pieles de carnero, envuelto el cuerpo en mantas. Debilitados por el prolongado ayuno y aturdidos por brebajes soporíferos no tardaban en adormecerse.

En este punto empezaba la cura principal, una especie de psicoterapia fundada en el sueño, denominada “incubación”. Algunos piensan que esto era un ritual que producía lo que ahora se conoce como hipnosis de masas y que en ese estado hipnótico se usaba la sugestión como medio curativo, tal como se hace con la hipnosis médica moderna, como veremos más adelante. Cuando los pacientes perdían el conocimiento, los sacerdotes comenzaban a moverse alrededor de ellos seguidos de las serpientes sagradas, que parecían lamer las llagas de los durmientes. Al despertar, cada enfermo relataba las visiones que había tenido durante el sueño a un sacerdote, quien, después de interpretarlas, prescribía la cura correspondiente al caso. Esta fase podría denominarse diagnóstica, ya que después se daba una serie de medidas terapéuticas; sin embargo, en muchos casos el efecto de la sugestión hipnótica era tan potente que la curación se lograba durante el lapso de inducción del sueño. Cuando un enfermo no sanaba, los sacerdotes tenían siempre a flor de labio una réplica para los incurables: no habían sanado por no seguir al pie de la letra las prescripciones, o porque su fe en la terapia era todavía endeble.

Al abandonar el santuario, el enfermo depositaba una ofrenda de dinero y una tablilla votiva donde estaba escrito su nombre, la enfermedad que lo afligía y los remedios aconsejados por el sacerdote o médico. Esta tablilla se exhibía en las paredes del templo con objeto de infundir confianza a quienes llegaban después al santuario en busca de alivio para sus males.

Los sacerdotes actuaban movidos por el deseo de lucro, pero los enfermos de entonces, como los de todos los tiempos, estaban dispuestos a pagar lo que fuere por satisfacer el ardiente deseo de salud y la esperanza de conquistarla. Por esto, no es de extrañar que los desahuciados, como los enfermos de cáncer avanzado, acudieran a los templos de Aesclepeios, ni que los sacerdotes obtuvieran pingües ganancias de los fieles, a cambio de interceder por ellos ante las deidades del Olimpo; cualquier semejanza con los brujos y charlatanes de nuestra época no es pura coincidencia. Pero en los tiempos de la Grecia clásica no había otra opción; en cambio ahora las cosas son muy diferentes.

El pensamiento mágico-religioso con sus fórmulas mágicas, animales sagrados y templos especiales parece perpetuarse, con variaciones locales, a través de la historia. Es indudable que muchas partes de aquel ritual helénico tienen bastantes puntos de semejanza con lo que llamamos en nuestro país, y en otras culturas, fórmulas exorcísticas, limpias o vudúes. Es interesante el hecho de que estos rituales, ejemplificados por las conocidas y socorridas limpias, se usan ampliamente en nuestro país, mezclando elementos derivados de las culturas precortesianas, con elementos religiosos, cristianos y con procedimientos mágicos africanos y aun orientales, en un sincretismo harto complejo. Muchos pacientes con enfermedades graves, como el cáncer, acuden frecuentemente con los brujos para obtener la limpia de su mal; lo que resulta más notable es que el paciente sigue teniendo una fe irracional ante estos procedimientos, tal como ocurría con los seguidores del culto de Esculapio. Habría que preguntarse cuál es la motivación psicológica que impulsa al individuo a buscar estas soluciones completamente empíricas e irracionales para sus problemas de salud. ¿Será parte del inconsciente universal que postulaba Jung?


De las causas y los remedios del cáncer

El estudio de la enfermedad tiende a descubrir sus causas para encontrar la forma más adecuada de tratamiento. Lo mismo ocurre en el caso del cáncer; el descubrir su causa podría, en teoría, permitir un tratamiento etiológico adecuado. Hacia el siglo V a de C., Hipócrates definió el término y concepto de cáncer y propuso la que quizá fue la primera hipótesis acerca de su causa. De acuerdo con el padre de la medicina, el cuerpo humano contiene cuatro humores fundamentales: la sangre, la flema, la bilis amarilla y por último la bilis negra. Los excesos, las deficiencias o el secuestro de uno o de varios de estos humores básicos son la causa de todas las enfermedades; por esto, la salud puede obtenerse restaurando el equilibrio de estos humores dentro del cuerpo. Este concepto era considerado como lógico y acorde con la percepción aristotélica de la naturaleza, y era perfectamente compatible con el conocimiento más avanzado de la época. Por esto, Hipócrates propuso que el cáncer era una enfermedad causada por un exceso de bilis negra o atrabilis. Es sorprendente que esta idea fundamental haya prevalecido durante los 2000 años subsecuentes a su planteamiento y que algunos curanderos la invoquen todavía en la actualidad. Como consecuencia de estas hipótesis, Hipócrates recomendaba el siguiente tratamiento para el cáncer: evacuación adecuada de los intestinos durante diez semanas, mediante el uso de purgantes por lo menos una vez por semana. Si existía una gran vena en la vecindad del tumor se recomendaba entonces la venisección directa. El paciente debía bañarse todos los días en agua tibia y después emplastar con una pasta de verdigrís calcinado la parte afectada hasta que esta última se transformara en rojiza, después de lo cual debía cubrirse con una compresa de tela humedecida en la misma agua.1, 5

Más tarde, Aurelio Cornelio Celso, autor de un trabajo enciclopédico sobre medicina, trató de separar los tumores verdaderos de las inflamaciones propiamente dichas; en esta forma hizo una contribución sustancial al conocimiento de la patología. Pero en relación al cáncer, continuó con las ideas hipocráticas, y sólo recomendaba algunas medidas extraordinarias como, por ejemplo, que algunos tumores debían extirparse quirúrgicamente; sin embargo, decía que no todos los cánceres debían someterse a cauterización o a la incisión con el cuchillo, ya que alguno de esos tumores podía excitarse y causar la muerte.

Hacia el siglo II d. de C., Aglacon, que fue maestro de Galeno, propuso que un aumento de temperatura del hígado hacía que este órgano generara atrabilia, o sea, sangre descompuesta; en esas condiciones el bazo era incapaz de enfrentarse con el exceso de material atrabilioso y entonces se debilitaba. Esto hacía la sangre muy espesa y mucho más turbia, de tal manera que, cuando se sedimentaba en las partes más bajas del cuerpo, aparecían las hemorroides. Si este proceso continuaba, salían las venas varicosas en las piernas; si esto alcanzaba la piel, se producía la lepra, y si esa sangre espesa y descompuesta se almacenaba en algún órgano especial entonces aparecía el cáncer. El tratamiento de esta dolencia, de acuerdo con el maestro de Galeno, sólo es posible durante su etapa incipiente. Para su tratamiento, usaban melanogogos en forma continua hasta el estado original del órgano afectado retornara a lo normal; recomendaba también la venisección y el uso del agua Solanum Migrum.

Galeno fue para la medicina lo que Aristóteles para la filosofía, y su influencia se dejó sentir en todas las áreas de la medicina, incluyendo la oncología, durante más de 1300 años. Él fue un seguidor de la teoría humoral de la enfermedad y extendió el concepto de atrabilis como causa del cáncer. Atribuyó la causa de las neoplasias malignas a un exceso de bilis negra que se solidificaba en algunos sitios, como los labios, las mamas y la lengua. También indicó que los cánceres eran particularmente comunes en condiciones en las cuales no podía eliminarse la bilis negra, como las hemorroides o la suspensión de las menstruaciones (amenorrea). Para su tratamiento, recomendaba fundamentalmente la dieta, y hacía énfasis en que el paciente se abstuviera de comer nueces y en cambio, tomara muchos purgantes. También preconizaba el uso de minerales calcinados y de lavados, aunque también hacía énfasis en el uso de hidromiel en forma continua y señalaba que si el cáncer se encontraba en un órgano que podía rescatarse quirúrgicamente había que extirparlo desde su raíz.

El pensamiento galénico dominó la medicina hasta el siglo XVII. Durante toda la Edad Media cualquier duda de su autoridad era prácticamente una herejía. Durante el periodo que siguió a la caída del Imperio Romano hasta el Renacimiento, la iglesia católica desempeñó un papel definitivo y paradójico, al preservar el conocimiento clásico y detener el desarrollo de cualquier nuevo tipo de saber. Durante el Renacimiento ya fue posible poner en duda la existencia de la bilis negra y el que su acumulación produjera cáncer. Si el cáncer es un acopio de bilis negra, ¿por qué no podemos encontrarlo al cortar este tumor durante su disección?

En el siglo XVI Paracelso, quien era un alquimista, atacó el pensamiento aristotélico y galénico, pero también propuso algunas hipótesis un tanto extrañas. Decía que la cura de las enfermedades tenía que estar basada en la búsqueda de su esencia a través del fuego; pensaba que al quemar un objeto podría separar su contenido en los tres principios de la alquimia: el azufre es lo que se quema, el mercurio es el humo o vapor y la sal o mineral es la ceniza. Paracelos pensaba que el cáncer se debía a un exceso de sales minerales en la sangre y se desarrollaba cuando estos diferentes tipos de sales se concentraban para buscar salida del cuerpo. Así las cosas, por aquella época y hasta el siglo XVII aproximadamente, casi cualquier individuo con cierta cultura y experiencia en el área médica se sentía capaz de proponer teorías del cáncer y por supuesto métodos para su tratamiento.

Más adelante, Stahl y Hoffman propusieron que el cáncer estaba compuesto de linfa fermentada y degenerada, con densidad variable y con grados diversos de acidez y alcalinidad. La teoría linfática del cáncer adquirió apoyo muy rápido, tanto, que John Hunter en Inglaterra estuvo de acuerdo con que los tumores se originaban de linfa coagulable, constantemente extraída de la sangre. La teoría linfática del cáncer tiene una similitud muy clara con la teoría alquimista de Paracelso y con la teoría humoral de Hipócrates y de Galeno. 1

En realidad fue hasta 1761 que la medicina alcanzó el verdadero nivel de renacimiento con la publicación del monumental libro de Giovanni Battista Morgagni, Los sitios y las causas de las enfermedades, donde se correlacionaban los datos de autopsia con los hallazgos clínicos, de por lo menos 700 casos acuciosamente estudiados.

Es importante destacar que numerosos curanderos y charlatanes todavía invocan muchas de aquellas arcaicas ideas y métodos curativos, pretendiendo convencer a sus incautos pacientes de que sus remedios son los de Hipócrates o de Galeno y que por eso son infalibles. El pensamiento mágico prevalece sobre el científico porque se recubre de un aura de tradición, dogmatismo y misterio. Hipócrates y Galeno son los dioses de la salud.

REFERENCIAS

1 Kardinal, C.G. y J.A. Yarbro, “A Conceptual History of Cancer”, Semin. Oncol., vol. 6, 1979, pp. 396-408.
2 Benítez Bribiesca, L., “Biología de la célula neoplásica. Su importancia para la oncología clínica.”, Rev. Med. IMSS, vol. 25, 1987, pp. 457-467.
3 Dumas, R.F., Historia de la magia, Plaza y Janés, S.A., Editores, 1ª Ed., Barcelona, España, 1973.
4 Margotta, R., Historia de la medicina, Editorial Novaro, S.A., 1ª Ed., México, 1972.
5 Lain Entralgo, P., La medicina hipocrática, Ediciones Castilla, 1ª Ed., Madrid, 1976.